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Ganar provoca risas pero perder... perder invierte emociones y a partir de la decepción surgen las discrepancias ocultas o las rencillas que han podido permanecer más o menos neutralizadas hasta entonces.

Águeda Reynés y Misericordia Sugrañes, baronesas del Partido Popular menorquín, repitieron abrazos, besos, sonrisas pretendidamente cómplices y una sucesión inacabable de parabienes mutuos durante la campaña electoral hasta el punto de que se hacía prácticamente imposible, escuchándolas, discernir cuál de las dos era la más rubia, la más guapa y la más exitosa política de la Isla a lo largo de su trayectoria. Tamaños elogios adornaban sus respectivas candidaturas al Ayuntamiento de Maó y al Consell aunque el desenlace no haya sido el esperado sino más bien lo contrario.

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Objetivamente, esos epítetos de signo positivo que se regalaron ambas mientras trataban de entusiasmar al electorado en los actos públicos descansaban en datos concretos. La sonrisa de Reynés conectó con la ciudadanía mahonesa ocho años atrás para desalojar por primera vez al PSOE del Ayuntamiento en un triunfo histórico. Su gestión plausible, además, le permitió ganar el escaño de diputada en el Congreso pese a perder la Alcaldía. Y la naturalidad de Sugrañes la convirtió en el bastión del PP en la Isla tras la hecatombe de 2015 reiterando su victoria en Alaior por segundo mandato consecutivo, lo que unido a su dilatada experiencia, acabaría abriéndole las puertas del liderazgo insular del partido.

Los méritos contraídos por ambas políticas, con don de gentes, proximidad y logros en sus gestiones no han bastado, sin embargo, para salir victoriosas en la cita del 26 de mayo. Las dos han retrocedido, las dos han perdido sufragios y las dos aparentan dificultades para digerir esos resultados.