Contigo mismo
Jaume Gomila Saura
Lo adviertes. Llevas casi cincuenta años escribiendo en estas páginas que ahora sostiene/sostienen. Nunca las has utilizado en beneficio propio. Más bien, en ocasiones, se te han vuelto contra ti… Pocas. A veces iban disfrazadas de consejo, otras –por la impericia del maquillador- de amenazas... Y puede que esas, de otro color (el arcoíris, curiosamente, no entiende de tonalidades) regresen después de esto. Llevas, sí, cuarenta y ocho años en este confesionario que inunda una página en blanco, donde buscas, expresándolo, explicación al mundo… Cuando te sientas, en una soledad que jamás has buscado, ante el terror de un Word Arial 12, te dejas llevar. Y escribes… Las palabras surgen, revolotean por la pantalla, juguetonas, y encierran lo que necesitas decir luego a tus alumnos cuando se acercan al mundo – odiado- de la sintaxis… Porque, a la postre, solo os quedan ellas: las palabras. Al final cerráis vuestras vidas con una frase. Y vence la sintaxis… Cuando el artículo acaba porque te pasas de caracteres te preguntas si vale la pena mandárselo a quienes quieres (a tu diario, a tus lectores, a tu director y amigo). Te cuestionas si has sido respetuoso con las personas. Si te entenderán… Sobre todo porque no anidas, políticamente, en parte alguna. No estás ni en el norte, ni en el sur, ni en el este ni en el oeste. Al final, todos los vientos acaban por golpearte. Dejas reposar el texto, como si de un oliaigua se tratara y, luego, lo revisas. Las dudas bullen, hasta que los tiempos te exigen un 'enviar'… Te inquieres sobre si vale la pena seguir (y sabes que sí) o si lo que vas a decir puede joder a alguien… Nunca es, para ti, un alguien, solo un algo que te urge expresar… En ocasiones, a un vecino airado, le recuerdas que lo que dices, de nula relevancia, está en unas páginas que se denominan –las espero eternas- de opinión… Un martes alguien te retira el saludo y al preguntarle –hay eternamente que hacerlo- te responde que un día hablaste de cómo la gente leía un diario en un café… Y que ibas a por él… Se equivocaba. Como la paloma de Alberti. Era humor en un país donde andáis hambrientos de alegría y sobrados de odio…
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