Estar en lo más alto de la pirámide del poder debe ser la leche. Uno acaba creyéndose un dios que decide el destino de los insignificantes humanos. Igual que un niño cuando descubre un hormiguero y decide destruirlo a puntapiés para reír al ver cómo los bichos huyen despavoridos ante su fuerza descomunal. Nuestro Pedro Sánchez anda más henchido que nunca. No es raro, dada la ridícula oposición que se le enfrenta –entre chantajistas, pusilánimes y flipados– y el borreguismo generalizado del pueblo, que tragamos con todo sin pestañear. No ha conseguido alianzas suficientes para contar con presupuestos del Estado, pero él maneja nuestro dinero a golpe de capricho. Hace mucho que lo que más le interesa es codearse con la élite política mundial. Eso de sentarse a comer con los que algún día ocuparán líneas en los libros de historia le pone cachondísimo. Sonríe con Macron, con Meloni, con Starmer, con cualquiera que ostente título oficial. Y ya se derrite ante los grandes de verdad, los del Club Bilderberg, los rostros menos populares, pero infinitamente más poderosos del planeta. En esas cuitas que le tienen tan entretenido y mientras alardea a diestro y siniestro de la locomotora económica en que se ha convertido España –¡jajaja!–, ha cogido de nuestros bolsillos la nadería de mil millones de euros y se los ha entregado a un Volodímir Zelenski en sus últimas horas de gloria. No sé hasta qué punto Sánchez y los suyos dominan el cotarro geopolítico mundial, pero deberían saber que al comediante que por arte de birlibirloque llegó a transformarse en un líder internacional le quedan dos telediarios. Apostar por él y sus tesis cuando las cartas ya están repartidas, francamente, parece de tontos.
El rayo verde
Mil millones
27/02/25 4:00
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