La imbecilidad se hincha y expande
Me las prometía muy felices, porque al cogerme el escándalo planetario del fútbol español y los delirantes discursos del presidente de la Real Federación en vacaciones, pensé que me ahorraría hacer comentarios. Hacer comentarios sobre idioteces, y más si son acertados, reduce el cociente intelectual del comentarista, y le resta días de vida por la mortandad de células cerebrales que conlleva, una por cada adjetivo calificativo, de modo que procuro evitar esta práctica, inútil además, siempre que me es posible. Suponía que para cuando acabasen mis vacaciones ya nadie se acordaría de las abusivas fechorías de Rubiales, al que no ha matado un pico no consentido, el beso más turbio del mundo desde el de Judas, sino su pico de oro diciendo idioteces. Pero no, ahí minusvaloré la cualidad hinchable de las imbecilidades, que se inflan y expanden sin límites. Hasta las tragedias remiten con el tiempo, las malas noticias se van olvidando, pero las imbecilidades, sobre todo si son aplaudidas, siguen inflándose indefinidamente.
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