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Más de la mitad de lo que se aprueba en el Consell o en el Parlament no sirve absolutamente de nada. Conviene dejarlo claro de entrada para relativizar las solemnes pérdidas de tiempo en sus discusiones. Son iniciativas que se ciñen a declaraciones de buena voluntad sobre asuntos que no son de su competencia, brindis ante su audiencia y electorado, por eso son más frecuentes cuando se acerca la hora de la renovación del contrato, es decir, las elecciones para seguir en el cargo y dedicarlo luego a sestear con ideas que chocan contra la legislación.

Estamos ya en ese trance. Hace unos meses fue el PSM (ahora Més, aunque se llame Bildu siempre será Herri Batasuna) el que proponía la limitación de la compraventa inmobiliaria para que los extranjeros no se adueñen de las propiedades de Menorca y ahora han sido sus primos hermanos de Podemos quienes pretendían vetar la compra de viviendas a los no residentes.                 

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Europa nos ha hecho más libres, más solidarios y más progresistas desde uno de los pilares de la Unión, la libre circulación de bienes y personas. El mercado es otro, ha crecido. Lo saben los autores de esas propuestas que no son sino nuevas versiones del Menorca per als menorquins, aquel viejo eslogan que tuvo su momento y su contexto y que hoy, como tantos otros, han sido pasto de la globalización y del derecho europeo, lo que no quita que aparezcan retoños como Sant Joan pels ciutadellencs. Iniciativas de esa índole, de recorrido imposible, no tienen más finalidad que lucir discurso ante sus votantes.

La Grecia clásica castigaba a quienes no habían ejercido bien el cargo con el ostracismo, que no viene de ostra y exilio como por analogía muchos piensan, sino de ostraka, la tablilla de arcilla en la que se escribía la pena. Aquí les vamos ascendiendo hasta darles rango de subsecretario.