TW

Mi infancia se rompió aquellos 10, 11, 12 y 13 de julio de 1997. A los 11 años. De forma cruel, súbita e inesperada. Fue entonces cuando me empecé a hacer mayor. Hasta entonces la vida se dividía entre los juegos, las malas notas en clase y lo poco que me importaban. Mi padre trabajaba muchas horas en un taller que olía raro y mi madre lo ayudaba y de vez en cuando se iba al Ayuntamiento de Alaior. Aquellas eran las sensaciones de un muchacho un poco al margen de la realidad y al que de un día para otro le destrozaron la inocencia. Como a muchos otros.

Desde el primer momento en el que saltó la noticia del secuestro de Miguel Ángel Blanco Garrido me atrapó. A diferencia de los muchos otros atentados y asesinatos de ETA, aquella situación me trastocó porque la falta de información no dejaba claro si estaba muerto, si estaba herido o simplemente lo habían secuestrado. Me hipnotizó la televisión como solo lo consiguió volver a hacer el 11-S. Sentí la necesidad de saber qué estaba pasando y deseaba por encima de todo que fuera una pesadilla o como mínimo que Miguel Ángel terminase vivo.

Noticias relacionadas

No lo hizo. Miguel Ángel fue asesinado por pensar diferente de otros. Con dos disparos. Por entonces mi madre había sido concejala del PP, igual que él, la misma condena que le costó la vida, y de poco sirvieron las palabras de ánimo de mis padres advirtiéndome que aquello en Menorca no pasaría, que estuviese tranquilo. Empecé a aprender lo que es el dolor, el sufrimiento, la empatía y el profundo significado de la muerte.

No sé muy bien a qué edad recomiendan los expertos que un crío se tope con estos conceptos. Tampoco creo que camino de los 12 dé para asimilarlos pero sí tengo claro que no estuve solo en ese proceso y que muchos y muchas pasaron por experiencias similares pegados al televisor.

Me sumo a los homenajes que recuerdan a Miguel Ángel y cuya muerte simboliza el horror que acompañó a este país y, en ocasiones, también a Francia. Sé que si le hubiesen dado a elegir entre morir como un mártir o vivir de forma discreta, a día de hoy seguiría en Ermua defendiendo sus ideales. A nadie le apetece morir. Y también tengo claro que no hay pena de cárcel que compense el dolor que ETA ha causado y mucho menos que puedan salir a la calle. Los bárbaros no tienen cabida ni en esta ni en ninguna sociedad.