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Para matar un ideal o una convicción necesitas algo más que balas y odio. Para asesinar a la libertad de expresión, a la capacidad, la necesidad y la obligación de contar aquello que no quieres que se cuente no hay extremista islámico, yihadista o terrorista al uso lo suficientemente capacitado. Este es uno de esos sentimientos a los que acompaña una especie de maldición que en lugar de debilitarlos ante una injusticia los hace más fuertes, más duros, más populares.

La barbarie y la insensatez han intentado, una vez más, desestabilizar aquello en lo que creemos a golpe de kaleshnikov y, de nuevo, ha fracasado. Tenemos miedo, por supuesto, pero no cederemos ante unos argumentos que se limitan al odio, a la devastación y al asesinato. Unas razones que no solo no convencen sino que resultan estériles ante el clamor popular. Porque el terrorismo no enaltece el odio, hace más fuerte a las personas. Logra que no se distingan ideales, razas o religiones, uniéndonos por la causa. Los propios musulmanes se han encargado de condenar el atentado de París, rechazando cualquier interpretación de sus textos sagrados –y en realidad de cualquier texto- en los que se incite a la destrucción de algo tan preciado e irremplazable como es la vida.

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Ahora nos toca a ti, a mí, a nosotros, contraatacar. Y no lo haremos exhibiendo el mismo odio visceral que empuja a los terroristas hacia la devastación. Debemos cundir con el ejemplo para que no solo aprenda esta generación, sino también las que vienen. El odio no se debe combatir con más odio, aunque parezca lo más sensato o lo más fácil. No sirve de nada exhibir un potente a la par que destructor arsenal de guerra contra un pueblo que no representa a un grupo de descerebrados. El odio llama al odio. La muerte llama a la muerte. Y eso, aunque te pueda resultar pedante, no sirve de nada.

Deberíamos centrar esos mismos esfuerzos y empeños, esa insaciable sed de venganza, en intentar descubrir qué les ha llevado hasta esta situación. Qué empuja a un hombre a arrancar la vida a otros llevándose por delante todo lo que encuentra. Combatir el terrorismo desde la raíz, no desde la capa superficial que únicamente irradia odio insensato. Y aprender. Aprender de los errores propios y externos. Entender qué ha motivado este y otros atentados. Sé que no saciará a las familias, amigos y víctimas, pero quizás ayude a que no se vuelva a repetir.