Asseguts a sa vorera
Máquinas que desesperan
Es uno de esos cacharros al que le han puesto un montón de botones que sirven para un montón de cosas y que al final, lo único que consigues si intentas utilizarla es un montón de cabreos
Mi ascensor me odia. Desde el primer día he comprobado que no tenemos feeling. Tampoco le caigo demasiado bien a la impresora del trabajo. Es uno de esos cacharros al que le han puesto un montón de botones que sirven para un montón de cosas y que al final, lo único que consigues si intentas utilizarla es un montón de cabreos. Te confieso, amigo lector, que hay algunos cachivaches con los que no me aclaro y, mientras vomito improperios y maldiciones, veo como la evolución tecnológica me pasa por encima dejándome como un cavernícola analógico en la era digital. Y entre enfados monumentales lo único que me consuela es cuando apretando botones a la torera consigo que el aparato en cuestión funcione o me obedezca. Aunque mi duda es si lo hace a partir de la orden que le mando o, simplemente, por pena.
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