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El otro día me escandalicé al ver en un supermercado una lechuga iceberg a 2,10 euros. En otros establecimientos las he visto también a 1,80 o 1.95. Es igual. El caso es que me parece demasiado. Mi economía doméstica podría permitirse el lujo de una iceberg, pero prefiero no comprarlas. ¿Por qué? Porque considero que el precio es excesivo por lo que se me ofrece a cambio. Con lo de la subida del IVA sucede lo mismo. El problema no está en el porcentaje concreto, en el 7, el 9, o el 18,5, no está en lo que me va a suponer en la cuesta de gastos mensual la aplicación de tal o cual porcentaje. El problema es el destino que se le va a dar al dinero que se recaude con el incremento del IVA. Lo mismo sucede con todos los impuestos. No molesta pagar unos impuestos elevados si a cambio uno recibe unos servicios impecables, una gestión pública sin mácula y la seguridad de que no hay fugas de escape. Quien pide la reducción de impuestos sistemática está practicando el más demagógico de los populismos, porque el Estado no se sostiene sin contribuyentes que contribuyan. Lo que de verdad mosquea es pagar más impuestos para que luego no haya escuelas suficientes, para sostener una estructura administrativa farragosa, para enchufar dinero a bancos avariciosos o para que se los metan en los bolsillos unos ladrones con corbata.