TW
0

Sensaciones de la vida
En la bella isla de Rodas, vivía el hijo del rey Dionisio, se llamaba Egor. El chico era muy fuerte y atractivo, por eso todas las chicas de la isla iban detrás de él, para intentar convertirse en la nueva reina de Rodas.
Un espléndido día, con sol, cielos despejados y calor, los padres de Egor lo llamaron y le dijeron:
-Egor, hijo mío ¿no crees que va siendo hora de elegir a una chica del pueblo y convertirla en tu esposa?, le dijo su padre.
-Nosotros vamos envejeciendo y ya va siendo hora de que elijas a una esposa para ocupar nuestro sitio cuando muramos. Añadió su madre.
-Pero padre, madre tengo tantas muchachas a mi disposición, que no se por cual decidirme.- Respondió Egor.
Egor, enojado y pensativo se fue a dar un paseo por las afueras de Rodes.
Los campos estaban llenos de flores, y decidió coger una, fue quitando los pétalos diciendo a cada uno que arrancaba: ¿me casaré?, ¿no me casaré?, pero se quedó boquiabierto, cuando le faltaba el último pétalo, decía que nunca se casaría. En ese momento pasó un carro con dos caballos negros como la noche y una joven hermosa y rubia de ojos azules brillantes que los guiaba. La chica se paró y bajó del carro y le dijo:
-¿Vos no sois el hijo del rey Dionisio ?
-Sí soy yo.-Dijo el joven con firmeza.
-Yo lo admiro mucho, ¿y qué hacéis por estos alrededores tan solo?
-Relajarme y dejar de pensar en la dichosa ciudad que tanto odio. ¿Y por curiosidad cual es su nombre?- Pregunto él a la muchacha.
-Me llamo Carolaine, mi señor- Contestó ella vergonzosa.
-¡Qué lindo nombre! Exclamó Egor.
Ellos estaban hablando cuando se empezaron a oir gritos del padre de Carolaine que le llamaba.
-Me tengo que ir , ojalá volvamos a vernos, mi señor. Dijo ella mientras subía a su carro.
-¡De acuerdo nos veremos en otra ocasión!- Contestó mientras Carolaine se iba.
Al día siguiente el príncipe Egor se fue otra vez a las afueras para poder ver a Carolaine pero paso algo terrible, el camino estaba inaccesible. Por la noche había habido una gran tormenta y un rayo había caído sobre el camino. Lo que no sabía Egor, es que el causante de lo sucedido había sido Júpiter, el cual creía que Carolaine le pertenecía y no quería compartirla con Egor, e intentaba hacerle la vida imposible para que no se enamoraran .
Egor se fue un poco desanimado pero con la esperanza de que a la mañana siguiente ya estaría todo arreglado y podría ver a Caroline.
Cuando se acostó en su cama empezó a soñar con ella pero en un momento dado apareció un hombre gigante al cual no le gustaba que se acercaran a Carolaine. Esa cara ya se le había parecido en otros sueños y él ya sabía de quien se trataba, era Júpiter el dios que le atormentaba todas las noches. Al levantarse se fue corriendo otra vez al encuentro de Carolaine. Esta vez sí consiguió llegar y la encontró acicalando los caballos. La saludó y le cogió la mano diciéndole:
-Nunca había tenido una sensación parecida.- Dijo él con una gran dulzura .
-Ni yo.- Contestó ella.
-Carolaine eres una chica maravillosa, impresionante, nunca hubiera podido elegir a mi esposa pero ahora creo que ya puedo hacerlo -dijo Egor arrodillándose y cogiéndole la mano de Carolaine.
-¿Te quieres casar conmigo?
-Sí que quiero. Dijo ella abrazándolo y dándole un beso enorme.
Los dos se fueron corriendo hasta el puerto de Rodas, cogieron una pequeña barca y se marcharon sin rumbo de aquella isla. Nunca se supo de ellos; pero hay muchas hipótesis, algunos dicen que naufragaron en una isla porque Júpiter quería separarlos y otros dicen que murieron en Creta abrazados, demostrando el amor eterno.
Fin.
Emma Sintes Florit

Ocamlet el niño de las nubes
Hace ya muchos años en la ciudad de Elfeo, nació un niño semidiós. Ese niño de pequeño lo tuvo todo, toda la comida, toda la atención, todos los mimos… Lo llamaron Ocamlet. El niño tuvo una infancia muy feliz al lado de su madre y su supuesto padre. Pero cuando el niño se hizo mayor descubrió que Atlos no era su padre. Ocamlet le preguntaba a su madre de vez en cuando:
-Madre, Atlos no es mi padre, ¿verdad?
-Sí hijo, Atlos es tu padre.- le respondía siempre ella.
Un día Ocamlet se lo preguntó otra vez e insistió en ello y su madre ya no pudo más y le contó toda la verdad. Ocamlet escuchó atentamente lo que su madre le explicó.
-Tu padre es Júpiter el gran dios del olimpo. Te voy a explicar como nos conocimos Júpiter y yo. Un día yo estaba paseando por el campo y lo vi. Él con sus encantos me dejó muy enamorada, muchas madres como yo, han sufrido la seducción de ese Dios, y me quedé embarazada de ti.- le contó su madre.
-¿Soy un semidiós, madre?, preguntó Ocamlet.
-Sí hijo. Hasta ahora no te lo he querido contar porque pensé que no lo entenderías…, dijo su madre.
Desde ese día su Ocamlet fue muy feliz sabiendo que era un semidiós. Un día, Júpiter se le presentó en forma de lluvia dorada, cuando Ocamlet lo vio se puso a llorar de la emoción.
-Hijo, hace muchos años que esperaba este momento, dijo Júpiter.
-Júpiter, aún no me puedo creer que seas mi padre… tú… yo un semidiós… ¡no me lo puedo creer!, pero aún que no me lo crea tengo que superarlo.-dijo Ocamlet.
Los años pasaron y a Ocamlet le ocurría que a medida que crecía también lo hacía su pelo, pero brutalmente. A los veinticinco años el semidiós estaba lleno de pelo, su rostro y su cuerpo estaban llenos de pelo blanco. Atinia, su madre, y Júpiter estaban muy preocupados por Ocamlet. Pero él seguía haciendo vida normal, ¿qué otro remedio tenía? Fueron a visitar a todos los médicos en muchos kilómetros a la redonda, pero ninguno de ellos sabía qué ocurría. Cada día que pasaba Ocamlet tenía más vergüenza y no le gustaba salir a la calle, porque la gente de su ciudad le veían como un monstruo, así que Júpiter se llevó a Ocamlet y su madre cerca del Olimpo allí el pelo dejó de crecerle.
Llegó un día en que la madre de Ocamlet murió. Tal tristeza fue la de Ocamlet que le empezó a salirle de nuevo el pelo, y mucho pelo, y más, y más. Hasta que decidió depilarse todo su cuerpo. Un día se estaba depilando y sin querer todo el pelo que se cortó, cayó a la Tierra formando pequeñas figuritas graciosas en el cielo, la gente de la Tierra asombrada se fue acostumbrando sin saber el porqué de este algodón del cielo. Desde ese día Ocamlet se depilaba cuando lo necesitaba y siempre tiraba su pelo a la Tierra para que esas figuritas siempre estuvieran recorriendo el cielo con sus formas caprichosas. Esas cosas del cielo las llamaron nubes.
Tònia Arnau Pons