Coches destruidos en Ucrania. | ROMAN PILIPEY

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Los combates entre las tropas ucranianas y las rusas se siguen librando a cuarenta kilómetros de la ciudad sureña de Mikolaiv, que lleva semanas resistiendo al envite ruso y se está blindando para «no ser un nuevo Mariúpol». La ciudad, en la que antes de la guerra vivían medio millón de personas, sufrió este martes el ataque de un misil que impactó en el edificio de nueve plantas de la administración regional, donde aún hoy siguen sacando cuerpos de entre los escombros. Ya se han contabilizado veinte fallecidos, pero esta cifra podría aumentar porque quedan alrededor de quince personas desaparecidas.

Lo explica el portavoz del Ejército ucraniano en Mikolaiv, Dimitri Pletenchuk, frente al edificio. «El ataque se produjo diez minutos antes de que empezara la jornada y la mayor parte de la gente estaba ya en sus lugares de trabajo. Eran civiles de la administración y también había algunos guardias, pero no militares, eran policías que trabajaban en el edificio», dice. Este oficial afirma que las tropas rusas están ahora a unos cuarenta kilómetros, entre Mikolaiv y Jersón, la última ciudad ocupada por los rusos en su avance desde el Donbás hacia el oeste del país. De hecho, Mikolaiv lleva semanas sirviendo de escudo para que las fuerzas rusas no crucen el río Dnieper en su desembocadura en el mar Negro y pasen así a Odesa, a unos 130 kilómetros al oeste y que tiene carácter estratégico al albergar el principal puerto del país. A unos treinta kilómetros de Mikolaiv hacia Jersón hoy se han producido ataques con artillería, según ha podido comprobar Efe desde un pueblo recientemente recuperado por las tropas ucranianas a los rusos. Pletenchuk destaca que los ucranianos han ido ganando terreno a las fuerzas rusas, que hace dos semanas estaban a las afueras de Mikolaiv. «Les hemos forzado a replegarse a cuarenta kilómetros, pero siguen disparando con artillería, con lo que nos están llegando a los hospitales heridos de los bombardeos».

Y destaca que cuando los rusos no son capaces de conquistar territorio bombardean desde la distancia, recurriendo así a lo que califica como «actos de terrorismo», citando a modo de ejemplo el ataque al edificio administrativo. Pero la ciudad, añade, está preparando sus defensas y haciendo acopio de agua y comida para que no se repita en Mikolaiv el asedio a Mariúpol, situada a unos 450 kilómetros al este. Junto al edificio atacado, del que hoy han sacado al menos cinco cuerpos sin vida, las excavadoras se afanan por retirar los escombros y los bomberos rastrea en busca de posibles supervivientes, aunque, como reconoce Pletenchuk, las posibilidades de encontrarlos son cada vez menores. Además de dejar un enorme agujero en la estructura del edificio, el misil destrozó las ventanas de inmueble de viviendas anejo y de una escuela de música y danza regionales ubicada a unos veinte metros. Todas sus puertas y ventanas de cristal están destruidas. En la planta baja de la escuela, donde aún se pueden ver abrigos colgados de los alumnos en un guardarropa, su directora, Svetlana, explica a Efe que a día de hoy siguen evaluando los daños. «Es una vergüenza que bombardeen edificios civiles», afirma para reconocer que tiene miedo de estar en Mikolaiv, pero que espera reconstruir todo «cuando llegue la paz». En la ciudad, la mayor parte de los comercios están cerrados y las alarmas suenan varias veces al día, cuando sus ciudadanos aceleran el paso, miran al cielo y juran contra los rusos. Muchos han huido y siguen llegando en autobuses a ciudades cercanas como Odesa, pero otros prefieren quedarse.

Es el caso de Oxana, que tiene 32 años y se dedica a colaborar con la Cruz Roja. Toda su familia se ha marchado y ahora vive sola en Mikolaiv. Ella conocía a algunas de las personas que han muerto en el edificio atacado porque les llevaba café y té cada día. «Y de un día para el otro han desaparecido», lamenta entre lágrimas. «En esta guerra todo da miedo, pero nosotros en principio no tenemos miedo y vamos a tratar de ayudar a la gente en todo lo que podamos», añade. Oxana nunca se ha planteado marcharse porque «hay que quedarse para ayudar». «Creo en Ucrania y creo en la victoria».