Morris. Dejó Menorca con tan solo 16 años para continuar estudiando en el Reino Unido - R.S.M

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Tras un verano trabajando en el consulado británico de Menorca, Rebeca Sarah Morris (Cornualles, 1984) sintió que su vocación era ayudar. Licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad de Cardiff, la menorquina, que hasta que abandonó la Isla vivió siempre en Sant Lluís, nunca llegó a poner en práctica sus estudios universitarios. Morris se inició en el mundo humanitario de la mano de una ONG local encargada de ayudar a niños discapacitados. Sin embargo, sus expectativas de futuro la llevaron hasta Ciudad del Cabo, donde trabajó como voluntaria junto a su padre en uno de los distritos más peligrosos del país.

La siguiente parada fue Etiopía, ya a bordo del proyecto de "Save de Children". Fue allí donde Morris comenzó a trabajar en la crisis de la sequía que se vive en el este de África. Su labor para paliar los efectos de la falta de agua continúa ahora en Somalia, aunque las oficinas centrales del equipo humanitario de la organización se encuentran en Nairobi, la capital de Kenia. La joven viaja regularmente al país vecino para realizar un seguimiento de los proyectos que se están llevando a cabo.

Dejó Menorca a los 16 años, ¿qué la empujó a marcharse a Inglaterra?
La verdad es que fue algo impulsivo. Había acabado la ESO y roto con mi novio. No estaba muy segura de lo que quería hacer pero me apetecía salir de Menorca e Inglaterra era una opción fácil ya que tengo familia allí. Tomé la decisión a mediados de agosto del año 2000 y a finales de mes ya me había ido.

¿Dónde se instaló exactamente?
En Cornualles, al sur de Inglaterra. Allí vivían unos amigos de mis padres y estuve en su casa los primeros meses. Posteriormente me mudé a un piso para mí sola en la capital, Truro, donde nací.

¿Sus padres son de origen británico?
Sí. Mi madre se crió en Devon y mi padre en Brighton. Se conocieron en un pueblo pescador de la costa de Inglaterra y, como tenían claro que no querían vivir en el Reino Unido, durante su luna de miel cogieron un velero y se pusieron a navegar con la intención de encontrar un lugar en el que montar su hogar. Pocos meses después llegaron a Menorca y se quedaron en la Isla. Ya estaban instalados allí cuando yo nací, así que tenía solo seis semanas cuando llegué a Menorca.

Imagino que no tuvo problemas de adaptación...
No. Dominaba el inglés, aunque hay que decir que mi padre nos tuvo que empujar bastante a mi hermana y a mí a hablarlo y, además, nos apuntó a una escuela inglesa en Maó, donde íbamos a clase todos los sábados por la mañana. De pequeñas nos resultaba más natural comunicarnos en castellano puesto que era el idioma que utilizábamos en el colegio y con los amigos. De hecho, todavía hoy hablo en castellano con mis hermanos. Por otro lado, mi madre estuvo casada durante bastantes años con un menorquín y en su casa hablábamos una mezcla de castellano, menorquín e inglés.

¿Continuó estudiando en Inglaterra?
Sí. Al terminar la Educación Secundaria Obligatoria, los estudiantes de Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte pueden estudiar otros dos años para preparar cuatro asignaturas más y examinarse de ellas a los 18 años. Estos exámenes se conocen con el nombre de A Levels. Estos dos años serían el equivalente al Bachillerato en España. Yo no tenía claro qué quería hacer así que me decanté por estudiar Periodismo, Empresariales y español e italiano. Antes de comenzar la universidad estuve ocho meses trabajando en Menorca y Londres con la finalidad de ahorrar para hacer un viaje.

¿Dónde fue?
Acompañada de mi novio y una amiga de Menorca, Svenja, viajamos por Hong Kong, Thailandia, Singapur, Australia, Nueva Zelanda y Nueva York. Nos lo pasamos genial, tuvimos muchas experiencias y conocimos a mucha gente. Concretamente en Australia estuvimos tres meses. Allí compramos una furgoneta y recorrimos toda la costa este del país. A pesar de que tuvimos bastantes averías, logramos llegar a Sydney, donde vendimos la furgoneta por más de lo que nos había costado.

¿Volvió después a Inglaterra?
Sí. Conseguí una plaza en la Universidad de Cardiff, la capital de Gales. Allí estudié Traducción e Interpretación en español e italiano durante cuatro años, aunque el tercer curso lo pasé entre Barcelona e Italia. La universidad fue una buena experiencia para mí, pero antes de finalizar la carrera ya había decidido que no quería trabajar como intérprete.

¿Qué quería hacer?
Mientras estudiaba, pasé dos veranos trabajando en el consulado británico de Menorca. Aprendí mucho y me encantó sentir que estaba haciendo algo por ayudar. Fue entonces cuando me di cuenta de que lo que de verdad me gustaría sería trabajar en una ONG.

Y lo consiguió...
Sí. Me fui a Londres y allí conseguí un trabajo en "The Lord's Taverners", una pequeña organización inglesa que organizaba eventos para recaudar fondos para ayudar a niños discapacitados. Empecé como administrativa ayudando a la directora, pero al final me encargaron la organización de uno de los proyectos más importantes de la ONG: una competición en la que participaban alrededor de mil niños de diferentes regiones del país. Estuve allí un año y medio.

¿Por qué lo dejó?
Me apetecía trabajar en una ONG más internacional pero me faltaba experiencia así que me fui a trabajar como voluntaria a Ciudad de Cabo. En concreto, la ONG trabajaba en el distrito de Khayeltisha, el segundo más grande de Sudáfrica después de Soweto. Es una barriada muy peligrosa en la que viven más de dos millones de personas. La mayoría residen en los llamados "shacks", pequeñas casas de un solo cuarto fabricadas con chapas de hierro. Debido a la concentración de gente y al alto nivel de pobreza, Khayeltisha se caracteriza por sus altos índices de criminalidad. La ONG se opuso en un primer momento a que fuera sola porque consideraban que no era seguro que fuera sola a Khayeltisha cada día. Las casas y la guardería en la que trabajaban estaban en una zona céntrica del distrito y podía ser peligroso. Se lo comenté a mi padre y me propuso acompañarme. ¡Sería mi guardaespaldas!

¿Funcionó?
Sí. Se lo propusimos a las responsables de la ONG y estuvieron de acuerdo, así que nos fuimos juntos a Ciudad del Cabo en octubre de 2009. Estuvimos allí seis meses y fue una experiencia inolvidable. Además, vivir esta aventura junto a mi padre fue lo mejor. Verle hacer algo así con más de 60 años me pareció verdaderamente admirable. Incluso parece que le gustó y este invierno se ha ido seis meses a trabajar a Sri Lanka como voluntario.

¿Cuál era su trabajo?
Hacía una gran variedad de cosas: organizaba clases extraescolares para los niños, sesiones de juegos, montaba sistemas administrativos e incluso trabajaba con las autoridades médicas y los colegios para seguir el proceso de los niños y aprender las medicaciones que debían tomar. La verdad es que en los seis meses que estuve allí nunca me sentí amenazada ni en peligro. En realidad fue lo contrario, tanto la comunidad como las familias con las que trabajábamos me acogieron muy bien.

¿Qué le aportó esta experiencia a nivel personal?
Es complicado describirlo aunque creo que, después de aquello, ni mi padre ni yo volveremos a ser los mismos. Supe desde el primer momento que pisé Khayeltisha que no podría volver a hacer otro tipo de trabajo. Me di cuenta de que nunca podré dejar de luchar por los derechos humanos. Todos somos iguales y tenemos las mismas necesidades y ansiedades. Los niños de Ciudad del Cabo nos mostraron la fuerza que uno puede llegar a desarrollar y que, si de verdad se lucha por lo que se quiere, todo es posible. Simplemente sentí que necesitaba hacer alguna cosa por intentar apoyar a la gente menos afortunada que yo.

Estando todavía en Ciudad del Cabo surgió un nuevo proyecto...
Sí. A través de internet encontré un trabajo con la ONG "Save the Children". Volví a Londres y estuve un año allí trabajando con el equipo de emergencias de la organización. Me entrenaron para poder ir a trabajar sobre el terreno. Fue un año intenso pero aprendí la base para poder trabajar en una situación de emergencia.

¿Cuál fue su primer destino?
Etiopía. Llegué allí en marzo del año pasado y estuve tres meses. Eran los inicios de la crisis de la sequía en el este de África, que ha afectado a más de 13 millones de personas. Era la primera vez que trabajaba sobre el terreno con una ONG internacional. Viajé por todo el país y pude ver de qué modo la falta de agua estaba pasando factura. Esto me ayudó mucho a la hora de entender los proyectos que hacía falta poner en marcha para poder ayudar a la población.

¿Regresó a Londres de nuevo?
Sí. Estuve un par de meses en Londres pero en cuanto comenzaron a buscar gente para ir a ayudar al equipo humanitario de Somalia me ofrecí. En principio se suponía que debía estar solo cinco semanas pero ya llevo diez meses trabajando aquí. La oficina central se encuentra en la capital de Kenia, Nairobi, y desde aquí viajo frecuentemente a Somalia. Es más seguro así.

¿Cuándo llegó a Kenia?
En septiembre de 2011. Recuerdo que estaba muy nerviosa cuando cogí el avión. Me habían enviado un montón de información que debía leer antes de aterrizar pero no lograba concentrarme. Lo que más me impactó al llegar a la oficina fue la sensación de que realmente se estaba trabajando en una emergencia. Había mapas por todo, muchas personas no tenían ni mesa y aprovechaban cualquier hueco para apoyar su portátil. Me puse a trabajar enseguida, había mucho que hacer y yo tenía mucho que aprender.

¿Cómo fueron las primeras semanas en Nairobi?
Una locura. La necesidad en Somalia es y sigue siendo enorme y no podíamos descansar porque había gente sufriendo cada día. Suena muy dramático pero es así. Durante el última año el número de personas en crisis en Somalia ha descendido de 4,3 millones en 2011 a 2,5 millones en julio de 2012. Sin embargo, es imprescindible que el nivel de apoyo continúe para evitar que la situación vuelva a empeorar tras la reciente temporada, que ha vuelto a ofrecer pocas lluvias.

¿Cómo se vive la situación sobre el terreno?
Hace poco pasé un mes allí y, a pesar del hecho de que no te puedes mover libremente, la motivación de mis compañeros somalíes por ayudar a su gente es enorme. Eso me inspira mucho. Visitamos proyectos e hicimos poco más que trabajar. Somalia es un país complicado y no creo que nunca llegue a comprenderlo. Sin embargo, su gente es maravillosa. La verdad es que allí no se puede salir de casa más allá de las 18 horas y los guardias armados te acompañan desde la oficina a casa para protegerte. Uno de los momentos más surrealistas que he vivido es ir al supermercado acompañada por un guardia y su AK-47.

¿Cuál es su función?
Soy la coordinadora de los proyectos de emergencia que están en marcha. Trabajo mano a mano con especialistas técnicos en nutrición, salud y educación, entre otros, para diseñar conjuntamente futuros proyectos según las necesidades de la población. Una vez preparado el proyecto enviamos la proposición a posibles donantes para intentar conseguir fondos para llevarlo a cabo. También hacemos un seguimiento de los proyectos que ya están en marcha para ver si funcionan correctamente o si hace falta cambiar alguna cosa. Siempre intentamos aprender cómo lo podemos hacer mejor según la situación, que va variando con el tiempo.

¿Se encuentra a gusto en Kenia?
La verdad es que es un país precioso. Los primeros meses no tuve oportunidad de ver nada, iba del piso que comparto con unos compañeros a la oficina. A esa altura de la crisis trabajamos horas y horas sin ningún día libre. Ahora tengo un poco más de tiempo libre, los días son más tranquilos. Trabajo de 8 a 18 horas aproximadamente. Si tengo mucho trabajo vuelvo a casa y continúo desde allí y si no salgo con los amigos a tomar algo. También he podido viajar un poco, he ido a la costa un par de veces. El paisaje es increíble y las playas son impresionantes. Además he ido de safari, que es genial. Me encanta poder caminar por el bosque y encontrarte con jirafas y cebras. ¡Es algo verdaderamente espectacular!

¿Cómo se vive en Nairobi?
En Kenia se puede tener muy buena calidad de vida. El país tiene mucho que ofrecer. Yo puedo coger el coche y en tan solo 20 minutos estoy en el Parque Nacional de Nairobi donde hay leones, rinocerontes y jirafas. Del mismo modo, puedo coger un avión y en una hora estar en la costa. Lo más difícil es acostumbrarse a la pobreza que te encuentras cada día. Por otro lado, Nairobi es una ciudad muy internacional. El idioma oficial es el swahili aunque se hablan muchas otras lenguas. Sin embargo, la mayoría de la gente habla inglés. También sorprende que hay mucho tráfico. La cantidad de coches ha aumentado mucho en los ultimos años y las carreteras no dan abasto.

¿Se ha habituado a la gastronomía?
En la capital puedes encontrar todo tipo de restaurantes, aunque a mediodía solemos comer en el trabajo y siempre es algo más tradicional como arroz con alubias, judías y bastante carne de cabra.

¿Como definiría a los keniatas?
La gente aquí es simpática aunque yo diría que son bastante reservados.

¿Visita Menorca regularmente?
Siempre que puedo. Suelo viajar hasta la Isla una o dos veces al año y desde que me marché a Inglaterra en el año 2000 no me he perdido unas fiestas de Sant Lluís. ¡Eso me permite ver a todos mis amigos al mismo tiempo! No obstante, lo más duro es estar lejos de mis padres y mis hermanos. Mi familia me ha apoyado siempre en todo y mis padres siempre nos han animado a hacer lo que verdaderamente queríamos. A pesar de la distancia, estamos muy unidos.

¿Se plantea volver a la Isla en un futuro?
Me encantaría pero a corto plazo lo veo complicado. Mi trabajo consiste en viajar a donde me necesiten. Sin embargo, por muy estresada que esté, por muchas cosas que vea que me duelen, sé que siempre está Menorca. Es como tener un sitio seguro donde puedo ir a olvidarme de todo y simplemente disfrutar de la vida con mis amigos y familia. La Isla me ofrece la oportunidad de relajarme y estando allí me siento realmente en casa.

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