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Monsergas sobre libros

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Sobre libros, naturalmente, se han escrito cientos de miles de libros, millones de páginas, porque cuando alguien no tiene nada que decir, habla de libros en general. De la cantidad no nace la calidad, sino la tontería, y de casi nada se han dicho tantas tonterías como de los libros. Que si hasta los peores son cultura y hay que leerlos. Que si la creatividad y la libertad de expresión son sagradas. Que si no se puede rechazar un libro sin haberlo leído, cuando bastan diez líneas para un juicio riguroso, y a veces ni eso, basta la portada, la cara del autor o las gilipolleces que dijo en una entrevista. ¡Y encima pretenden que los leamos! Eso es como decir que si no te han pegado un tiro no puedes opinar de la industria armamentística. Monsergas y más monsergas. Pero más aún que de libros, de lo que sobre todo se ha escrito con fruición desde hace milenios, un volumen inabarcable de novelas, relatos, ensayo, crónicas, historia, reportajes, teatro, guiones de películas o series y hasta poemas épicos, es del turbio asunto del mal y del cerebro de los asesinos. Hasta el punto de que salvo algún tratado de botánica, raro es el libro que no incida en el tema, y abrumador el número de los que no tratan de otra cosa. True crime, se llama ese género. Es decir, crímenes, pero de verdad, reales. El mal nos fascina desde el Génesis, tiene mucho mercado, de manera que cuando un presunto escritor, como si no se hubiera escrito ya suficiente, añade otro ejemplar explicando que el asunto le obsesiona, o es un capullo o ha leído muy poco. Si encima se compara con Capote, cuando podría hacerlo con Shakespeare, ni loco le leeré. Y me trae sin cuidado si su libro se publica o no. Ya se figurarán por qué digo esto. Porque en las últimas semanas he leído docenas y docenas de artículos a favor y en contra de que se publique un libro sobre un asesino especialmente odioso, y ya es debate nacional. Que si la censura es abominable, que si la creatividad y la libertad de expresión, que si la colisión de derechos… Cuánta monserga, considerando que el tal libro sólo entusiasma al asesino. Y al capullo del autor, naturalmente. Que por cierto, se expresa de pena.