Contigo mismo

Justicia, honradez, amor y dignidad

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Circula por las redes un vídeo, bellísimo, que debería induciros a la reflexión, aunque no es más que la plasmación fílmica de un conocido poema anti nazi, de dudosa autoría, y que fue atribuido durante años a Brecht. En el ‘corto’, un catedrático expulsa del aula a una alumna sin motivo alguno, ante la pasividad de sus compañeros. Seguidamente, el docente les dedica a sus inactivos alumnos las siguientes palabras: «¿Fui injusto con su compañera (al echarla)? De hecho, lo fui. ¿Por qué ninguno de los presentes protestó? ¿Por qué ninguno de ustedes intentó detenerme? ¿Por qué no intentaron evitar esa injusticia? No dijeron nada porque no se vieron afectados. Y esta actitud habla en su contra (…) Nos consuela que los problemas de los demás no tengan nada que ver con nosotros y no sean de nuestra incumbencia. Cada día ocurre una injusticia en los negocios o en los deportes o en el tranvía o en... Es nuestro deber estar ahí para los otros, para alzar nuestra voz por otros cuando no pueden. Estoy aquí para enseñarles el poder de esa voz. Quiero que aprendan a tener un pensamiento crítico para empoderarse, para defender lo que es correcto, incluso si eso significa ir en contra de lo que todos están haciendo».

Visto lo que está sucediendo en vuestro país uno querría que algunos miembros destacados de su clase dirigente hubieran escuchado e interiorizado las palabras de ese buen maestro. Que vuestros diputados y senadores (y su cohorte) hubieran sido honrados y no hubieran vendido su honestidad al acatar la disciplina de partido. Su honestidad y, lo que es aún peor, su conciencia. Que vuestros ‘representantes’ os hubieran amado y de esa querencia hubiera surgido un incurable prurito por luchar por la justicia. Que no hubieran hecho saltar por los aires y por mor de una obediencia ciega, las siglas de un partido histórico convertido ya en nada. Y que, así, hubieran podido salvaguardar su dignidad. Son únicamente cuatro palabras. ¿Cuántos de los actuales hombres públicos actúan injustamente    a sabiendas y se muestran incapaces de dar voz a quien no la tiene? ¿Cuántos ponen esa voz al servicio de quienes no la tienen y se mudan en meros altavoces del poder? ¿Cuántos piensan en usted o en su hijo o en sus nietos? ¿Cuántos se han convertido en títeres con el fin único de mantenerse sobre el escenario?

¿Es justo y honrado y digno vuestro fiscal general del Estado? ¿Actúa por amor al pueblo o a sí mismo?

¿Y el presidente del Tribunal Constitucional?

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¿Están ambos dispuestos a pasar a la Historia como sujetos que carecieron de esa mentada dignidad?

Etcétera…       

Por eso –y te diriges ahora a padres, profesores y personas con influencia en los niños y adolescentes– ¡educad en el amor hacia el prójimo! ¡Mostradles –con hechos- la luminosidad de la honradez! ¡Dadles dignidad!

Y, más aún, ante un futuro oscurecido que ha caído, como diría Serrat, en «manos de unos locos sin carnet», donde Europa se ha trocado en una especie de red desvalida en un alarmante campo de tenis en el que juegan tan solo dos psicópatas irredentos: un payaso con cartucheras y un loco neoimperialista.

Por cierto: desde hace siglos, en el Sur, mueren diariamente niños por desnutrición, adultos por defender sus creencias y hombres y mujeres por hambre. ¿Qué hizo el Primer Mundo por ellos? Pero, como en el poema de    Brecht, ahora la    Vieja Dama se asusta porque puede que el horror acabe por llamar a su puerta y sea ya tarde…