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Era un tipo raro. E incomprendido. Cuando llegaban los días de ciudades metidas a huérfanas y la Gran Vía –y otras tantas- se mudaba en desierto, cuando el mar dejaba de ser erótico susurro y la arena no era acariciada, sino simplemente pisoteada, cuando él debía entregarse a las ceremonias estivales eternamente repetidas, pero nunca analizadas, cuando… Cuando la familia, omnipresente –y en ocasiones falsamente omnisciente-, se alejaba y él se sentía curiosamente liberado, constataba que un día (¿cuál) el amor (¿lo hubo?) se había escurrido por entre sus manos (¿por qué?)… Cuando llegaba, sí, el verano, él –ya has explicitado que era un ser extraño- se empecinaba en no coger vacaciones. De hecho, venía renunciando a ellas desde hacía años… Ese él podía ser un o un yo o, peor aún, un nosotros, un vosotros, un ellos. Un todos, a la postre…

Tenía –él, ya saben- un curioso decálogo explicativo a la hora de argumentar su extraña actitud… Comenzaba con la siguiente premisa: «¿Por qué toca ser feliz en julio o en agosto? ¿Por qué no obstinarse en serlo cada día?».

Él –ya saben- había ido envejeciendo. La vejez es una criatura molesta, pero, a la par, atenta. «Te va carcomiendo –se decía- pero con tanta lentitud que uno no percibe la magnitud de su malignidad. Hasta que, de pronto, una vieja foto, un inoportuno espejo, te muestran, súbitamente, los efectos devastadores del paso del tiempo. El preciso momento en el que uno no se reconoce en esa imagen, impensable tan sólo hace unos años, que se refleja en un cristal insolidario»… Eso es lo que intentó explicarle a su mujer. Que estaba cansado, muy cansado… Que prefería quedarse en casa, bañado por los silencios y la paz del tiempo saboreado, pero no vorazmente consumido… Que quería paladear los instantes huidizos… Que deseaba hablar con ella, recordar con ella, revivir con ella… Que cuidar de los nietos –como cada año- en esa urbanización costera estaba bien, pero que también estaba bien que sus hijos e hijas, yernos y nueras no vieran siempre en ellos a una ONG, esa a la que se recurría en caso de necesidad pero que luego se obviaba cuando el interés no estaba de por medio… Le dijo que, a la postre, eran ellos –él y ella- quienes ya tenían más pasado que futuro (mucho más pasado que futuro) y que el presente no hacía más que agravar su estado, del todo irreversible… Que el presente era la sustancia de la que se componía la vida y que no había otra… Que quería disfrutarla… Recuperarla –tal vez-. Que quería, en definitiva, que el tiempo se volviera lento, inundándolo e inundándola de serenidad…

No quería más barbacoas interminables con gentes a las que odiaba. No anhelaba quemar su julio o su agosto en eterno fingimiento. No deseaba tostarse, inmóvil, en un chiringuito playero mientras la canción del verano le quebraba sus pensamientos. No urgía de «aprovechar el día», porque –lo había aprendido con los años- el carpe diem era otra cosa… No necesitaba cenar diariamente en el puerto… No codiciaba asistir a largas y estúpidas sobremesas impuestas en las que las relaciones familiares, en ocasiones, mostraban, indiscretas, su rostro menos amable…

Estaba cansado, sí…

Quería hablar…

Y ser escuchado…

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Quería acariciarla…

Y ser acariciado…

Quería levantarse tarde …

Quería pasar un día desaseado…

Quería silencio…

Quería pensar…

Ella no le entendía… De nada servían sus decálogos, sus argumentaciones. Ella acababa, invariablemente, por dejarle en la ciudad y unirse a lo políticamente correcto. Nunca faltaba la discusión última, el portazo del desamor. «Papá es un raro y lo sabes, madre», decían-. Ella se sentía reforzada… Él se quedaba solo, intentando vislumbrar por qué era tan difícil decir la verdad, huir de lo establecido, escapar de los intereses de otros, permanentemente maquillados, salirse del circuito, poner cordura a la sinrazón… ¿Por qué resultaba, a la postre, tan costoso ser comprendido, ser amado?