Ángeles Durán
Ángeles Durán

Periodista y Doctora en Comunicación

Smartzone

No seamos cómplices

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Un asesino arrancó la vida de su mujer en Puigpunyent hace dos semanas. Un tiro cobarde por la espalda, mientras ella dormía, con nocturnidad y seguro que alevosía, la que demuestra toda agresión reiterada. Lo primero que habría que preguntarse es qué hacía con un arma en su casa. La caza no es una excusa. La investigación determinó que no había denuncia por malos tratos, pero estos existían desde hacía años, y muchos lo sabían, incluidos los hijos, que habían pedido a la madre que se separara del malnacido que fue su verdugo en vida y muerte. Pero ella aguantó, quién sabe porqué.

Lo que sí está claro es que alguien debió denunciar por la víctima, sacarla del agujero en la que la tenía sometida su marido, y darle una oportunidad de futuro. En 2015, dos agencias de comunicación andaluzas ganaron un premio a la mejor campaña de servicios públicos en un festival nacional. El lema fue #Yonosoycómplice. En 2017 el Ministerio de Sanidad también dio ese enfoque a su acción de sensibilización y visibilidad: «Cuando hay maltrato en una pareja, no son solo cosas de pareja. No permitas la violencia de género», un eslogan junto a una imagen de una corona de flores mortuoria con la siguiente leyenda: «Tus amigos y vecinos sienten no haber hecho nada».

Lo primero, desechemos los eufemismos de este tema. No lo llamemos violencia de género, sino violencia machista. Cualquier maltrato es condenable, sea cual sea el género del agresor, pero es evidente que el número de crímenes contra mujeres son mucho más elevados; 45 en 2024, 1.300 desde 2003. Así que llamemos a las cosas por su nombre. He visto titulares en los que la mujer «muere» a manos de «su pareja» pero «mata» a «su marido». Afortunadamente los medios han realizado una importante tarea de concienciación y han ido adaptando la expresión lingüística a la realidad.

El lenguaje es relevante, pero más aún los hechos. Así que actuemos, involucrémonos para ayudar a las víctimas, denunciando por ellas si es necesario. Pero, para esto, debe haber una protección real, policial y judicial. Que el señalamiento no suponga un mayor riesgo traducido en venganza. Las campañas recientes animan a las agredidas a denunciar, pero luego se quedan solas. Aunque el maltrato pueda tomar formas invisibles, el físico es tan evidente que mirar para otro lado nos convierte en cómplices.