En el Parlament balear, la munición es el silencio. Se abre el juicio oral a su presidente Gabriel Le Senne por presunto delito de odio. Sus socios de gobierno, PP y su partido Vox, callan como Iscariote. Él sigue ufano en su creencia de ser trigo limpio y no ver motivos para dimitir de la acusación cuando un año atrás rasgó las fotografías de las asesinadas por ser rojas, mujeres y vermelles, que mostraron las diputadas socialistas. La España del 36. Guerra. El terror de aquellos sigue cabalgando a golpe de espuela a los lomos de un inocente caballo.
Hoy más que nunca la jerga bélica la salivan de un lado al otro de este mundo pantomima que da miedo. El verbo del odio se desliza como las neblinas del Pla en un invierno en Mallorca, y si no fuera porque hay tantísimo dolor, podría creerme que contemplo un sainete. Las redes sociales convertidas en un parlante de cartón piedra. Todos dándole al clic.
«Estoy actuando con rapidez para poner fin a las guerras, para resolver los conflictos y restaurar la paz en el planeta. Quiero la paz y no quiero ver a todo el mundo muerto». Trump suelta el sapo y se queda tan ancho. No, si él muertos no quiere, a menos que sean palestinos, iraníes, o espaldas mojadas, o esos harapientos que no llegan a fin de mes, o los gais, y las lesbianas. En fin, todo aquella o aquel que no se plieguen a este ideal conservador sustentado en el capitalismo motosierra.
Sí, como la que le ha regalado el presidente de Argentina Milei a Elon Musk con las ganancias de ese milagrito llamado criptomoneda que ha dejado al pairo a miles de argentinos, atentos a que su presi les diera chance con el timo de la estampita.
Y al pairo quedan también, en los bordes del mundo americano, en las fronteras de México, los migrantes. ¿Qué pasa por las cabezas cuando se votan a semejantes delirantes?
Trump, en un mes como presidente, dinamita cualquier atisbo de disidencia. Ahora en campaña a favor de Rusia, con loas a Putin, bastonazos a Zelenski y, sobre todo, con el borrado del mapa de Europa. Dando oportunas gracias al embajador de semejante encuentro, Mohamed bin Salman, príncipe heredero de Arabia Saudí, país tablero de estas conversaciones que chorrean sangre entre esas alas de paloma blanca en que se auto proclama el loco de la Casa Blanca.
Mallorca, tierra de acogida, va a recibir este año a más norteamericanos, llegados en esos vuelos multiplicados que nos conectan con Nueva York. Es probable que nos visiten de manera más discreta algunos herederos de los países del Golfo Pérsico, y no me extrañaría que Musk se dejara caer con su moto sierra a ver qué árbol puede cortar en esta isla tan acogedora. Claro que nuestro pan procede de Alemania. A ver cómo se resuelven estas elecciones, que de seguro determinará el nuevo mapa de Europa en un momento que desearía estelar como Stefan Zweig, aunque los trinos me suenen a torpedo y no a canto de xoriguer.