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La sinceridad no siempre es una virtud. Ir de sincero por la vida te puede convertir en un borde insoportable. Hay cosas que sencillamente no queremos escuchar, o que ya las sabemos pero no hace falta que nadie nos las diga, a no ser que lo hagan con una delicadeza infinita, una empatía enorme y con la única intención de ayudar; y no con la de demostrar una superioridad moral, o un clarividencia de actuación, que por otra parte casi ninguno tenemos. Así que por favor, no me digas lo que tengo o no tengo que hacer solo para demostrarme lo listo que eres, deja que me equivoque solo y sigue tú con tu rollo de persona que no se equivoca nunca.

Creo que es obvio que si sigo escribiendo cada semana un artículo de opinión es porque aún no he domado mi ego totalmente, el día que lo haga seguro que cierro mi bocaza durante un tiempo y me pongo a pensar un poquito más las cosas antes de golpear como un mono el teclado de mi ordenador. Diré en mi defensa, que ya hace tiempo que he puesto en su justo lugar estos artículos, lo que empezó hace unos años como un intento de generar debate -no podía ser más ingenuo y pretencioso- ha dado lugar a un sencillo intercambio de reflexiones en voz alta, donde muestro mis dudas y miserias,    y donde intento huir del postureo sin caer en la sinceridad mas borde para con los demás.

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Pero respeto a mi persona sí que puedo ejercer una total sinceridad, así pues les puedo decir que no he hecho nada, absolutamente nada, para evitar el ascenso al poder de los talibanes en Afganistán, Y no he hecho nada para ayudar a las personas que sufren las terribles consecuencias de los terremotos de Haití. No he hecho nada para parar el genocidio que ejerce el gobierno israelí sobre el pueblo palestino. No he hecho nada para acabar con los miles de conflictos que padece el mundo, ni por limar las diferencias entre los que lo tienen todo y los que no tienen nada, ni por fortalecer los movimientos que luchan por los grupos que sufren discriminación y persecución. No he hecho nada por salvar a la Naturaleza del saqueo continuo que sufre. No he hecho nada para construir una sociedad más libre y tolerante, donde cada uno sea lo que quiera ser sin miedo a que otros les impongan por la fuerza su cosmovisión dictatorial. No he hecho nada y tenía que decirlo.

Porque sinceramente, creo que a los talibanes, a los explotadores, a los traficantes de armas, a los que comercian con vidas humanas, a los nazis que hacen cosas de nazi y lo llaman libertad, a los xenófobos, misóginos, homófobos, clasistas, aporofóbicos, a los reyes del mundo por la obra y gracia de su dios, a los negacionistas del cambio climático y mala gente en general, se la suda bastante la cantidad de caritas enfadadas que les pongamos en las redes, y se la trae al pairo este artículo y cualquier otro que pueda escribir.

Y si algún mérito tengo es el de haberme rodeado de gente que merece la pena, una familia y unos amigos que te hacen los momentos duros la mitad de duros y los momentos alegres el doble de alegres. Por eso procuro cuidarlos, por eso aplico la primera ley de la termodinámica y «siempre que una cerveza sale de la nevera entra otra» porque quiero mantener mi casa abierta para ellos, para que la oxigenen, para que me enseñen, para que me pongan los pies en tierra y deje de ser un flipao de la vida, para reírnos y para llorar cuando haga falta, para hacernos compañía en el trayecto y para intentar ser mejores personas. Espero haber sido honesto con ustedes. Feliz jueves.