Primer lunes
Mallorca y Bosco Marqués
La letrilla de una balada del conjunto musical Los Mismos que susurra «cada noche es fiesta en Mallorca» sintetiza mi apego por la isla mayor del archipiélago. ¡En mi primera juventud cada noche era fiesta en Mallorca cuando en cualquier territorio nacional únicamente se daba esta unción en sábado! ¡Y una fiesta apócrifa!, repetición de la semana precedente, sin comparación con el mirífico fiestón mallorquín. En mi primera visita, todavía un pollito, aluciné con el titilo de sus luces, sus antros y sus amoríos. España se arrastraba aún por los derroteros del siglo XIX y el gremio extranjero había encumbrado ya la animación en la isla por los del siglo XXI. Una miscelánea de nacionalidades se movía a mi alrededor, desenfrenadamente, bailando en las terrazas, sobre el mar, a ritmo de nuevas músicas, nuevas bebidas y nuevas risas, con atrevimientos superiores, cálidos y a la vez refrescantes, cuyo colofón consistía en encamarse con una mujer a las pocas horas de conocerla, cuando en nuestra patria había que mantener previamente relaciones espirituales durante algunos años y desposarse en una iglesia. La primera vez que oí en Mallorca el vocablo ligar la gente no lo empleaba para atar cuerdas, sino personas, metonimia que fue extendiéndose hasta ser la más escuchada del vocabulario nacional.
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