Les coses senzilles
La torre de Babel
No me extraña que los seres humanos tengamos dificultades a la hora de entendernos. Ya ha llovido mucho desde que se compuso la historia bíblica de la torre de Babel, y sin embargo, a pesar de los adelantos modernos y los traductores simultáneos puestos al alcance de todos, como por ejemplo el traductor de Google, seguimos hablando alrededor de siete mil lenguas diferentes en el mundo, lo que se dice pronto. Existen lenguas vivas habladas por menos de cien mil habitantes, lo cual conlleva el peligro de que mueran en un futuro inmediato. El intento de crear una lengua de lenguas fracasó con el esperanto, y la realidad del inglés como lengua comercial no puede acabar con ese mosaico de lenguas extendido por todo el planeta. A eso hay que sumar la poca información de lo que llaman el «gran» público, no por grande, sino por extenso, que puede llegar a desconocer la diferencia entre lenguas vivas y muertas, o entre lenguas y dialectos. Un ejemplo claro de lengua muerta es el latín, que ya no se habla, pero que subsiste en los libros, y que dio origen a lenguas como el italiano, el francés, el castellano, el portugués, el catalán, etcétera. La lengua viva es la que se habla en la calle, que por el hecho de estar viva, ser hablada, evoluciona cada día adquiriendo nuevas palabras y deformando otras antiguas, hasta que se hacen de uso común. En castellano, Gonzalo de Berceo abandonó el latín con que se escribía en los conventos y dijo que quería hacer una prosa en el romance que hablaba el pueblo llano; en catalán todavía hoy en día la gente habla en «pla» y a lo mejor no se da cuenta de que pueblo llano se traduce como «poble pla» y que están usando la misma lengua popular que se contrapuso al latín, el «pla català» del pueblo llano. En fin, que los extremos se tocan. Nuestros pueblos han estado tan aislados por tierra y por mar durante siglos que la lengua ha cambiado en cuestión de pocos quilómetros, y si no recuerden aquel que dice que una novia de Ciutadella se casó con un novio de Ferreries, que el gato le pegó fuego a la cama con la cola encendida y que salió a la ventana a gritar: «¡Estimats germans, petits i grans, correu per ses llongues llargues, que es raquipoti ha vingut, tot carregat de clemència, i m'ha encès es catxibombo!». Nadie la entendió.
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