Les coses senzilles
Los viejos deben comer chocolate
Confieso que me gusta el chocolate. Lo malo es que la palabra «chocolate» tiene varias acepciones en el diccionario. La primera es la más común, la que todos conocemos, porque la hemos probado una u otra vez a lo largo de nuestra vida: «Pasta hecha con cacao y azúcar molidos, a la que generalmente se añade canela o vainilla». Esto me trae a la memoria el pan con chocolate que nos daban para merendar, cuando éramos pequeños. A mis primos una pastillita de chocolate les duraba más que el cuantioso pedazo de pan que les daban para acompañarla, porque la saboreaban y la hacían durar a mordisquitos hasta el infinito. A mí, puesto que era enfermizo y apenas comía, me ponían un panecillo y una pastilla de chocolate sobre la mesita de noche, porque solía despertarme con apetito. No sé cómo lo hacían mis primos, pero a mí siempre me sobraba pan. Otra acepción de chocolate dice que es una «bebida que se hace de chocolate desleído y cocido en agua o en leche» Eso me recuerda las comuniones y los bautizos de mis años mozos, en los que se servía chocolate y ensaimada. Más de un niño –un «verjo»- no pudo realizar la primera comunión porque se aventuró a probarlo antes de tiempo, puesto que entonces uno debía ayunar desde las doce de la noche antes de comulgar. Los banquetes de novia eran entonces muy discretos, y solían realizarse por la mañana, a base de chocolate y ensaimada, el chocolate negro como el traje del novio, la ensaimada espolvoreada con azúcar lustre, tan blanco y fino como el vestido de la novia, todo lleno de velos y tules como merengue. Otra acepción de chocolate, esta coloquial, es el apelativo que también se le da al hachís. De este no puedo hablar, porque nunca lo he probado.
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