Elsa Salom posa con su hermana María, también adoptada en China.

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Asegura Elsa Salom que «una persona adoptada ofrece un enriquecimiento cultural en la sociedad muy importante, la diversidad existe y es buena, aunque haya que luchar todavía con algunos prejuicios, como el de que un hijo tiene que compartir el ADN, las personas adoptadas sabemos que nada tiene que ver la sangre y que la familia es, simplemente, la familia».

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Elsa fue adoptada en un orfanato de China cuando tenía 14 meses en 2001. Además de la suya, sus padres realizaron otras dos adopciones, una antes, en 1999, y otra después, en 2007. «Aunque era pequeña, sé que las dos primeras adopciones fueron mucho más rápidas que la última, hubo muchas trabas y dificultades», recuerda, al mismo tiempo que se refiere a la actual negativa de la autoridad central de China para permitir a las familias con menores asignados viajar para finalizar los procesos de adopción.

«Siempre he llevado la adopción con naturalidad y no me da ningún reparo decir que soy adoptada, forma parte de mi vida», afirma. Aun así, lamenta que las adopciones «han caído en el olvido por las dificultades legales y prácticas como la fecundación in vitro o utilizar un vientre de alquiler». Sobre esta última cuestión, Elsa lo tiene claro. «Al pagar a una mujer para que alquile su vientre ignoras que existen muchísimos niños en situaciones desfavorecidas a los que puedes ayudar».