La final de Copa en el Estadi Maonès entre Unión y Alaior dejó imágenes del más variado perfil | Javier Coll

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Cara y cruz. Sonrisas y lágrimas. Euforia y decepción. Son los marcados reversos que ha legado la final de Copa Regional disputada el domingo anterior, en la que el Alaior, tras doblegar a la Unión en una insospechada, por errática, tanda de penaltis, se coronó por segunda vez consecutiva y en la historia de la competición, que con su actual formato arrancó en 1986 (y desde 1993, con resolución por medio de final), y cuya progresión durante lustros, en cuanto a impacto e interés, la ha hecho mutar de prolongación de la pretemporada a torneo de primer orden dentro del circuito insular.

Así quedó demostrado, una vez más, con el tremendo ambiente que registró el Estadi Maonès ?ahí sí venció la Unión, cuya hinchada se mostró mucho más activa y animosa que la albinegra? y la alegría posterior al éxito a la que dio rienda el equipo campeón. No en vano, suya fue la cumbre en el denominado partido del año. Pero al margen de lo que se manejó en el entorno, antes, durante y después de la final dominical, la diagnosis, en un plano estrictamente deportivo, arrojó algunos apuntes a considerar. Por un lado, la eficacia del Alaior en citas de este perfil. Por otro, la maldición que de un tiempo hacia aquí parece perseguir a la Unión en el momento cumbre.

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