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La primera vez que oí hablar de que alguien vivía en un aeropuerto fue con la película que protagonizó Tom Hanks hace veinte años. En mi ingenuidad, me pareció ciencia ficción. Ahora resulta que malvivir en una terminal, o en los pasillos de un hospital, se ha convertido en una «alternativa habitacional» casi normalizada. En Barajas lo hacen quinientas personas, entre las que hay parados, trabajadores y gente conflictiva. No hace falta irse tan lejos, también aquí, en Son Sant Joan y en Son Espases, tenemos este fenómeno producto de una sociedad enferma. Los buenistas de turno me dirán que pobrecitos, que no tienen más remedio, que son víctimas y demás canciones tristes. Y aunque haya parte de verdad en eso, lo cierto es que un aeropuerto, un hospital público, un edificio abandonado, una chabola o una caravana no pueden considerarse viviendas.

Habrá que ampliar el foco para buscar soluciones, porque la permisividad y el espíritu ursulino no sirven para arreglar nada, solo para perpetuar situaciones inasumibles en una sociedad sana, desarrollada y que funciona. ¿O es que queremos acabar pareciéndonos a esas ciudades fantasmales estadounidenses donde campan a sus anchas los yonquis de fentanilo, también pobrecitos, víctimas, etcétera? Que haya gente malviviendo en esos entornos no es consecuencia del problema de la vivienda, sino del pavoroso aumento de la marginalidad. Cuando un trabajador percibe 1.200 euros de salario y en su territorio le piden eso mismo por un alquiler, o bien comparte piso entre tres o bien emigra a otro lugar donde pueda escoger una vivienda digna a un precio que se pueda permitir. Si prefiere quedarse en un aeropuerto o en un chamizo, es que algún problema tiene.