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Ya estamos en el 2025, un año histórico para España, al menos según el presidente Pedro Sánchez, quien ha preparado una apoteósica serie de 100 actos conmemorativos para recordar, ojo al dato, los 50 años de la muerte de Francisco Franco. Sí, ha leído bien: el líder socialista más progresista de la galaxia ha decidido que la efeméride del dictador merece toda la pompa y boato que su gobierno puede ofrecer. Pero no se alarmen, que detrás de esta agenda tan inusual late un plan secreto digno de una novela de espías.

Según fuentes anónimas de Moncloa —que llevan una vida complicada entre sonrisas impostadas y declaraciones controladas—, el verdadero propósito de esta faraónica conmemoración es desvelar la cara más incómoda del franquismo: sus aportaciones a lo que hoy llamaríamos «estado del bienestar».

Sánchez, en su infinita astucia política, ha decidido recuperar la memoria histórica del Auxilio Social, la Seguridad Social, y hasta de las pagas extra, todo ello bajo el noble objetivo de que el pueblo español nunca olvide quién fue realmente el primer socialista del país.

Para muestra, un botón: uno de los actos más esperados será el simposio titulado «De la paga extra al salario emocional: medio siglo de progreso», donde expertos en sociología discutirán si las dos pagas extra instauradas por Franco no eran, en realidad, un avance revolucionario que Pedro Sánchez perfeccionó con los cheques de ayuda por inflación.

El programa conmemorativo, que Moncloa guarda bajo llave, incluye visitas guiadas a los más de 500 pantanos y embalses construidos durante el franquismo. A tal efecto, se dice que Sánchez planea inaugurar una nueva placa en cada uno de ellos con un lema inspirador: «Gracias al ayer, construimos el hoy». Tanto es así que, en un guiño ecológico, Moncloa ha encargado un informe para demostrar que los pantanos del Caudillo ahora sirven para alimentar las placas solares del progreso.

No se detiene ahí el afán conmemorativo: también habrá rutas turísticas por los barrios construidos bajo el Plan Nacional de Viviendas Sociales, con un añadido de última hora: Sánchez quiere instalar en las fachadas de las viviendas placas conmemorativas que digan: «Tu techo, cortesía de la dictadura. Tu futuro, cortesía del PSOE».

En cuanto a la industria, se rumorea que el Ministerio de Industria está preparando un emotivo homenaje a SEAT, Pegaso, Barreiros y Ebro, acompañado de exposiciones de coches antiguos. Según fuentes cercanas, el presidente quiere destacar que estos gigantes del motor «allanaron el camino para que hoy podamos soñar con fábricas de baterías y coches eléctricos», por supuesto financiadas con los fondos europeos.

En el programa, también destaca un itinerario especial por los hospitales más emblemáticos construidos durante el franquismo, uno por cada provincia española. Con gran pompa, los asistentes podrán admirar estas infraestructuras que, en su día, transformaron la sanidad española. Desde el Hospital La Paz en Madrid hasta el Hospital Virgen del Rocío en Sevilla, pasando por el Complejo Hospitalario de Navarra, cada uno será presentado como un hito en la historia sanitaria del país. No faltará un guiño a cómo estas instituciones allanan el camino para los modernos centros de investigación financiados por Bruselas y gestionados por expertos nombrados a dedo.

Otro acto estrella será la conferencia magistral sobre el Plan de Estabilización Económica de 1959, conocido como el «Milagro Español». Con el auditorio abarrotado, un panel de economistas analizará cómo este programa marcó el despegue definitivo de la economía española, convirtiendo al país en la novena potencia mundial en 1975. Por supuesto, también se destacará cómo estas bases económicas fueron luego ‘perfeccionadas’ por los gobiernos socialistas para alcanzar el progreso moderno, incluyendo hitos como los impuestos verdes y las tasas de recarga eléctrica.

Otro de los eventos estrella será una conferencia, también magistral, titulada «De los pantanos a la economía azul», en la que un panel de expertos debatirá cómo España pasó de ser un país agrícola a convertirse en la novena potencia económica mundial en 1975, justo cuando el régimen del dictador tocaba a su fin. El acto contará con gráficos comparativos que demostrarán cómo en la construcción naval, que éramos la segunda potencia a nivel mundial hemos pasado a ser líderes mundiales en desempleo industrial en pleno siglo XXI.

Pero el clímax del programa llegará con el gran acto central en el Valle de los Caídos —perdón, Cuelgamuros, como ahora lo llaman oficialmente—, donde Sánchez dará un discurso que promete ser un auténtico espectáculo de contradicciones. Según rumores, podría comenzar con una alabanza a las políticas sociales franquistas para luego concluir que, si todo aquello fue posible bajo una dictadura, imaginen lo que podría conseguir un gobierno socialista con mayoría absoluta y sin jueces incómodos en el Tribunal Supremo.

Cualquiera podría pensar que Sánchez está jugando con fuego, pero el presidente sabe perfectamente lo que hace. Con su habitual destreza política, ha conseguido que todos hablen de Franco, pero a su manera, destacando aspectos que, curiosamente, no encajan en el relato tradicional del franquismo como enemigo del progreso.

Así que, mientras se despliegan banderas republicanas y se debaten presupuestos expansivos, Sánchez nos invita a reflexionar sobre un legado que no parece tan ajeno a su propia narrativa de progreso. Al final, todo queda en casa: el dictador y el presidente se saludan desde el otro lado de la historia, compartiendo guiños irónicos en este teatro nacional.

Porque, como decía Ortega, «el español no piensa, embiste». Y Sánchez, con su olfato político, ha sabido transformar los viejos embistes en nuevas ovaciones. Definitivamente, Sánchez es un mago.