Felicidad pascual
Llevo encima tal cantidad de felices pascuas floridas, sin que ninguna me haya proporcionado ni dos minutos de felicidad convencional, que este año ya puedo afirmar que a diferencia de los huevos y los corderos, no soy yo nada pascual. O no estoy a la altura (prefiero la felicidad intranscendente), o me pasa algo raro con la Pascua, o es que eso del Domingo de Pascua no era para tanto. También podría ser que el exceso de religiosidad de esta fiesta, unida a la celebración de la primavera que cantaban aquellos insufribles chalados de Siete novias para siete hermanos, sea demasiado para mí. Religión y primavera no son cosas que se avengan con ningún concepto de felicidad, incluidos los muy traídos por los pelos, que yo pueda tener. Y eso que tengo muchos, según los días, porque qué mayor felicidad que la versatilidad. Y sin embargo, no recuerdo ahora mismo ningún día de Pascua en el que yo fuese especialmente feliz, ni siquiera razonablemente feliz. Y menos todavía el segundo día de Pascua, un festivo equivalente a esa última copa que ningún buen bebedor se bebe jamás. La religiosidad, compartida por las tres grandes religiones, es un serio impedimento, pero no suficiente para mi afición a la felicidad. Recuerdo algunos Viernes Santos, igualmente religiosos, en los que sí fui muy feliz. Uno de hace años en el metro de París, camino de la rue Émile Richard en el cementerio de Montparnasse. Inolvidable felicidad.
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