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He oído en muchas ocasiones dar por hecho que convendría a nuestro país un aumento de la tasa de natalidad. Supuestamente interesa que nazcan muchas criaturas para que en su día paguen las pensiones de futuros ancianos (otros angelitos servirán para rellenar los escaños que vayan quedando vacantes en el Senado por la jubilación de elefantes, pero este es otro cantar). Pues bien, sugiero: ¡Organización!

¿No sucede que nuestro pequeño mundo está saturado de peña?

¿No acogota al planeta la pronosticada escasez futura de agua, la estremecedora deforestación con fines agrícolas y urbanísticos, el incremento continuo de la demanda energética?

¿No estamos en España llenos de parados?, ¿no está así mismo el mundo mundial plagado de hambrientos abandonados a su suerte?

De tener estas preguntas respuestas afirmativas, llegaríamos a la conclusión de que en todo caso hay ya demasiado personal en nuestro congestionado planeta; para nada resultaría pues urgente estimular a las parejas a que se reproduzcan con entusiasmo, a no ser que sea ese su deseo por motivos personales (como por cierto hubiera sido mi caso: me encantan los críos y las familias numerosas).

Un bebé cuesta un pastón a sus papás y otro tanto al Estado. Los recursos que se ahorre el tesoro por el descenso de bebés en circulación (sanidad, educación, etc.) se pueden desviar cuidadosamente hacia la caja de las pensiones. Los dineros que se ahorren los papás por la ausencia de ese bebé que no se han planteado concebir los pueden depositar en un fondo de pensiones para alegría de banqueros y banqueras.

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Por otra parte, el hecho de que haya mucha gente susceptible de contribuir a sufragar las pensiones futuras no sirve de nada si en vez de estar cotizando para ese fin, están cobrando el paro (en el mejor de los casos), están viviendo de sus abuelos pensionistas o malviviendo a la intemperie.

Como la ignorancia es osada me atrevo a sugerir: Esperemos, sin ponernos nerviosos, a que todos esos parados sean absorbidos por el mercado de trabajo y -por cierto- coticen a la Seguridad Social. Necesitaremos en ese lejano momento un contingente de jóvenes que se incorporen al sarao en forma (a los efectos que nos ocupan) de currantes cotizantes. Bien, como no hemos producido suficientes bebés para el recambio, no dispondremos de esos jóvenes, pero, ¿qué problema habría por abrir en ese trance las compuertas que mantienen extramuros a cientos de miles de seres que huyen de sus países por distintos motivos y buscan una vida mejor, y a quienes venimos negando la entrada a nuestro club?

Imagino que habrá algún cabo suelto en mis reflexiones, ya que, con la excepción de mi amigo el profesor Rodel, no encuentro señales de que se contemple esta posibilidad. Más bien se planea incentivar a las familias para que traigan a este valle de lágrimas oleadas de españolitos que tras un largo y caro periodo de instrucción a cargo de sus papas y del Estado se larguen a Alemania a ayudar a los abuelos alemanes a mantener su sistema de pensiones.

También escucho asombrado a gran parte del hemiciclo sostener el axioma de que se ha de acabar con la austeridad, entendido esto como volver a gastar más de lo que entra, aumentando el déficit.

Se me ocurre a este respecto si no sería mejor idea contener el déficit para minimizar el costoso servicio de la deuda. ¿Dejando tirados a los débiles? No por cierto, más bien obteniendo los recursos no del endeudamiento (pan para hoy...) sino del ahorro y del incremento de ingresos. Ahorro en gastos superfluos, adelgazando de una puñetera vez las administraciones (ya saben, Senado, Diputaciones, duplicaciones, asesores, infraestructuras delirantes...); incremento de ingresos tomándose de una puñetera vez en serio lo de hacer tributar más al capital y obligando a devolver lo robado, que no es poco.

Y que conste que si les doy la brasa con semejantes elucubraciones es para evadirme del presentimiento que realmente me preocupa en estas horas de incertidumbre: acerca de que cualquiera de nuestros paladines premium (juntos o por separado) son perfectamente capaces de cagarla a lo grande es algo sobre lo que no albergo la menor duda.