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Epi Medina fue cesado como entrenador del Sporting Mahonés el 14 de marzo de 1988 tras una derrota contra el Terrassa en el Estadio Municipal. Era el mismo técnico que apenas nueve meses antes había sido paseado a hombros por la afición en ese escenario como entrenador del equipo que protagonizó el capítulo más brillante de la era moderna del fútbol menorquín, esto es, de los últimos 40 años, al obtener el título de campeón de Tercera División, y ascender a Segunda B. La prueba de tamaña conquista es que desde entonces ningún otro equipo ha vuelto a repetirla.

Epi Medina, «el maestro» paraguayo, aceptó su destitución al día siguiente con la misma entereza y resignación con las que siempre se manejó en el deporte insular, sin decir una palabra más alta que otra. Fue un hombre lacónico, de escasa expresividad, para quien las emociones parecían vetadas porque su semblante, con rasgos de indio guaraní, era permanentemente serio.

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Pero Medina sabía de fútbol como pocos. No solo por la técnica que desplegó cuando jugaba en el At. Ciutadella, que le valió ese merecido apodo con un golpeo de balón excelso, sino por la experiencia acumulada en su vida profesional para luego plasmarla como entrenador compartiendo generación con otros grandes técnicos de entonces, como Galdona, Serrano, Millán o Pío, por ejemplo.

En aquel Sporting colosal de Vicente Engonga, los tres hermanos Viroll, Quintero, Teixi, Nofre... Medina no era un simple alineador, como llegó a pretenderse por la suprema calidad del equipo que ofreció el mejor fútbol que jamás se ha visto en la Isla desde entonces. Medina gestionaba, dirigía, elegía y rectificaba para mantener un nivel de fútbol impropio de aquella categoría, del que disfrutó la afición menorquina como nunca aquel año.

Es el momento de su reciente fallecimiento, quizás, una oportunidad tardía pero apropiada para recordar que entre muchos otros logros de su vida, está aquella temporada irrepetible por la que siempre será recordado.