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La noche del 6 de enero se concedieron los premios Eugenio Nadal y Josep Pla, como viene siendo tradicional. Los ganadores fueron Inés Martín Rodrigo, por «Las formas del querer», y Toni Cruanyes, por «La vall de la llum». Como ya ocurrió el año pasado, no se celebró cena de gala, por culpa de la pandemia. Dicho sea de paso, ese también podría ser un buen título para un premio de novela: «Pandemia», y de hecho Toni Cruanyes declaró que la muerte de su abuelo por covid le dio la idea, o al menos el empuje, para escribir «La vall de la llum», una especie de novela familiar. Por su parte Inés Martín Rodrigo también afirmó que su novela, «Las formas del querer», tiene una fuerte base familiar. Ya se sabe que los temas a los que recurrir en narrativa son pocos y que la originalidad consiste en el modo de tratarlos. Creo que son pocos los escritores que no han echado mano de esa misma temática en alguno de sus libros, y desde luego no voy a ser yo el que tire la primera piedra.

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Después está el viejo dilema de porqué uno se presenta a un premio literario. La razón es clara: para promocionar un libro. Por ese mismo motivo las editoriales siguen convocando premios: para vender una novela. El índice de lectura en nuestro país debe de ser todavía bajo para que autores y editores recurran a ese viejo invento. Esto también lo sugiere el hecho de que las novelas sean cada vez más fáciles, con intriga, lenguaje sencillo, descripciones reales, situaciones melodramáticas, temas históricos, mucha documentación, etc. Cuanto más fáciles de leer, más fáciles de vender. Jaume Vidal Alcover decía que no éramos escritores, sino tenderos. Tenía razón, pero es que la cultura del país no ofrece más recursos. El día que se otorgaron los premios Nadal y Pla se habló como cinco minutos de ello en televisión, y se dedicaron programas enteros al fútbol. Los demás días el fútbol era omnipresente. La gente sabía más de la negativa de Djokovic a vacunarse que de los autores del Nadal y Pla. Les cuento mi experiencia personal. La noche que me dieron el Josep Pla de 1983 estaba viendo la tele y de pronto oí mi nombre y el de mi novela, «Fins al cel». No me lo podía creer. Sobre las nueve de la mañana del día de Reyes que se concedía el Nadal me llamó el editor y me preguntó si pensaba asistir a la gala; le dije que no, que no quería ver cómo ganaba otro, y me dijo tendrías que venir… Resultado: «Flor de sal», premio Nadal 1985. Jaume Vidal Alcover quedaba en el recuerdo. Todavía lo está.