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Dos de los inmigrantes argelinos que llegaron a la Isla en patera el 13 de agosto, los únicos que llevaban dinero encima, deben estar hoy en Bruselas o Francia, sus destinos reales cuando se embarcaron en el puerto de Dellys al norte de su país, camino de Europa.

Cuatro de los otros seis adultos que iban en aquella frágil embarcación, en su misma situación pero sin un euro o dinar argelino del que disponer, han acabado detenidos e ingresados en el Centro de Internamiento de Extranjeros, en Madrid, como paso previo a su repatriación, igual que les sucederá a los otros dos cuando la Policía los encuentre.

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La única diferencia que marca la libertad de unos para conseguir abrirse camino en el viejo continente, y la reclusión momentánea de otros hasta su devolución a Argelia, ha sido el dinero. Los dos que se fueron por su cuenta con la documentación provisional expedida por la Policía Nacional compraron sus billetes y no tuvieron problemas para subir al barco que los llevó a la península una semana antes. En cambio los otros, con los pasajes adquiridos por Creu Roja fueron desalojados del buque que les debía trasladar a Valencia en una situación humillante para ellos, después de que días antes ya se les hubiera denegado la entrada en el que iba a Barcelona.

El cuerpo policial esgrimió que los argelinos estaban en libertad y, como tal, podían circular por el país sín límites, de ahí que no hubiera lugar a su custodia para viajar a la península. Los capitanes de ambos barcos, con autoridad para hacerlo, les denegaron el acceso si no hacían el viaje acompañados por agentes en una decisión que, cuanto menos, debería haber sido cuestionada por las administraciones.

Después la ley ha seguido su curso. Al haber plazas disponibles en el CIE de Madrid la Policía tuvo que detenerles el lunes para trasladarlos a ese centro porque habían entrado indocumentados en España y no tienen vínculos ni recursos para permanecer en el país. En este caso solo el dinero ha valido la libertad y el sueño europeo aún por cumplir.