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La gente mayor, mi madre por ejemplo (aunque no parezca mayor sino todo lo contrario), recuerda con cierta nostalgia el pasado. Disfruta de las comodidades del presente pero se resiste a considerar que estas proporcionen por sí solas lo que entendemos como una mejor calidad de vida.

Lo que a los chicos y chicas de hoy les asemejaría una incursión en la prehistoria, como la ausencia de la tecnología digital, apagones frecuentes o falta de calefacción en las viviendas, suponía para las personas que se hicieron adultas superado el ecuador del siglo XX un fastidio asimilado al que sacaban partido.

Sentadas bajo las faldas de la mesa camilla con el brasero de carbón, la falta de luz por los cortes repentinos del suministro permitía observar mejor el exterior a través de las ventanas como si fuera una de las pantallas digitales de ahora, pero completamente real. La comunicación con el semejante próximo era directa, favorecida por las circunstancias.

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Paradójicamente hoy podemos hablar con quien está a cientos, miles de kilómetros, pero no lo hacemos con quien tenemos al lado. Seguimos a personas que apenas conocemos en las redes sociales pero sabemos mucho menos de lo que deberíamos saber de quien está más cerca de nosotros.

Decía hace unos días en Alaior el psicólogo Marc Masip, experto en la adicción de adolescentes a móviles, videojuegos y redes sociales, que la tecnología nos ha superado, y proponía poner limites y un retroceso para volver a avanzar con una formación más adecuada.

Uno no cambia aquella época por la actual, si acaso recuperaría un pellizco de la juventud. Prefiero tener calefacción a no tenerla, disponer de luz sin cortes y comunicarme con quien quiera, cuando y donde me apetezca. Pero sí sería bueno recobrar la comunicación más directa que los nuevos tiempos han desvirtuado.