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Por supuesto que resulta más agradable escuchar las Cuatro Estaciones de Vivaldi interpetada por una orquesta local que esa advertencia reiterada tan cansina: «Rogamos mantengan sus pertenecencias controladas en todo momento», durante las esperas en las terminales aeroportuarias. Los sistema de detección de armas y explosivos permiten descubrir el tubo de pasta de dientes o el frasco de perfume si excede los 100 miligramos, pero no intuyen a los amigos de lo ajeno cuando pasan por debajo del arco.

Ese mensaje que dispara la megafonía de los aeropuertos una y otra vez entre las llamadas a las puertas de embarque puede perder consistencia ante los acordes de la música clásica. Esa es una de las sorprendentes iniciativas que ha ideado AENA para endulzar la espera en sus terminales y darle un matiz más cultural a varias de sus instalaciones nacionales, entre ellas el aeropuerto de Menorca.

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Otra de las decisiones del gigante, líder en operadores aerportuarios del mundo por número de pasajeros, ha sido la de construir una sala vip en el aeródromo insular, con un coste que supera los 400.000 euros, al que contribuiremos todos los españoles por tratarse de una empresa estatal.

Seguro que será una comodidad añadida para los más habituales de estos exclusivos espacios donde se puede descansar, comer y beber a discreción. Pero en un aeropuerto como el menorquín, que no es de conexión más que para los asiáticos sin documentación legal que pretenden llegar al Reino Unido, no parece que sea una inversión extremadamente necesaria.

Si AENA pretende mejorar la consideración de sus usuarios podría empezar por regularizar sus tasas a la baja, que tanto encarecen los billetes, mejorar sus servicios generales, abaratar el coste de los parkings o poner precios más razonables en sus establecimientos de restauración antes que organizar conciertos en las terminales o levantar lugares destinados a las very important persons.