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Usted es un ciudadano responsable. Paga los impuestos -el primer indicador de la calidad como ciudadano-, se interesa por los proyectos del puerto, lee el periódico cada día, asiste a alguna conferencia, opina sobre la educación y saca a pasear a su perro con una cívica bolsita en la mano. Su vecino de abajo, no trabaja ni parece que busque un empleo, trapichea con lo que puede, se pasa el día viendo Tele5, nunca lee un diario, es de los mejores clientes de la pizzería, y tiene dos perros que mean en el portal del bloque de pisos que comparte con usted. En lo único que coinciden es que los dos van a votar en el mismo colegio electoral. Su voto vale lo mismo que el de su vecino.

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Cada vez se escuchan más voces que cuestionan la calidad de la democracia por la «calidad» de sus ciudadanos o de sus representantes. ¿Cómo se puede aceptar la victoria de Donald Trump si muchos de los votos proceden de la América más ignorante?. Uno de sus asesores de cabecera, otro millonario, Peter Thiel, no cree que «libertad y democracia sean compatibles». En buena lógica, si hay que elegir, él apuesta por «la libertad». El paso siguiente es presentar al Estado y a su representante, el Gobierno, como un enemigo, un obstáculo a derribar para ejercer la libertad. Thiel forma parte de una corriente que se atribuye una nueva acepción de «libertario», contraria al anarquismo, que propone que se favorece el bien común facilitando el desarrollo de las ambiciones personales. En este mar la pesca es generosa.

Sacrificar la democracia por el liderazgo libertario tiene un riesgo enorme. Quizás el vecino de abajo votaría a Trump, porque le gusta un líder bocazas que sale por la tele. La respuesta no puede ser desprestigiar a la democracia por el desgaste de los gestores del sistema, sino darle valor al voto y ayudar a mejorar la implicación de los ciudadanos.