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Este domingo votó Cataluña para elegir su Parlamento autonómico. En condiciones normales la expectación hubiera sido relativa, tal vez un poco más acentuada porque están las elecciones generales a la vuelta de la esquina. Sin embargo todos sabíamos que no era así. Los medios de comunicación volcados, declaraciones de primeros mandatarios, advertencias de empresarios y de bancos..., todo ello porque, desde la propia Generalitat, se plantearon estas votaciones como unas elecciones plebiscitarias en lugar de unos comicios autonómicos al uso. Ahora unos cuentan escaños y otros votos para justificar su posición. No se acapararían titulares de la prensa internacional -que también hace esa distinción en el recuento-, si no fuera precisamente por ese planteamiento como referéndum, que ha hecho que el independentismo se lleve por delante cualquier otro debate relativo a economía, empleo, inmigración, desahucios u otros problemas sociales que tiene dicho territorio y que han sido totalmente relegados, según el análisis de otro partido que ha salido decepcionado, Podemos.

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Pero ahora la sociedad ya ha quedado tocada y dividida. Mayoría por la escisión de España en el Parlamento pero de fuerzas políticas ideológicamente difíciles de casar, y un 52 por ciento de votantes que ha elegido otras opciones no independentistas, y que por ello parece que son malos catalanes. ¿Se transformará para ellos el sueño en pesadilla con una secesión impuesta? En el otro lado, un PP seriamente tocado frente al ascenso de Ciudadanos y un Gobierno que tendrá que dejar la política del avestruz para afrontar el problema y dialogar, si es que ya queda tiempo. Acabamos de entrar de nuevo en campaña. Se avecinan tiempos complicados y de hacer política con mayúsculas.