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Hace algunos días llegó a mi magullado conocimiento, a través de «Es Diari» una epatante noticia: una señora, vecina de Ciudadela, a la que no conozco y sobre la que por tanto no tengo formada opinión favorable ni mucho menos adversa, se postula para senadora.

Desde luego bien se comprende que postularse para senadora tiene todo el aspecto de constituir un prometedor hito vital para el postulante, ya que en el Senado se vive razonablemente calentito en invierno, deliciosamente fresco en verano y confortablemente protegido de las inclemencias de la dura realidad en cualquier otra fecha de cada año -que desde cierto punto de vista podríamos considerar como sabático - consumido en las dependencias de tan honorable institución.

Quedo además advertido gracias a la información contenida en el rotativo al que aludo, que dicha señora (señoría en un glorioso futuro si acaso por su sino soplaran vientos portantes de tan ambiciosa aspiración) -y es esto lo que me desconcierta en un primer momento-, pertenece a... Podemos.

Y, se preguntará el amable lector, ¿por qué me desconcierta la pertenencia de tan respetable ciudadana a la firma en cuestión?

Se lo aclaro sin más dilación.

¿Acaso no representaba el Senado, como también sospecho yo y en todo caso como denunciaba con toda determinación el partido en que ahora milita usted, estimada señora/señoría, un limbo centrípeta donde se acumularía el capital humano caducado, ejemplares de dinosaurios incluidos, pesebristas y especímenes premiados por diversas prestaciones o favores realizados a diferentes individuos u organismos de la casta?

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¿Se postula usted entonces para rellenar el hueco que haya dejado algún caído en desgracia o algún jubilado del chanchullo?

Parece que estoy escuchando su protesta: Para combatir entuertos, me dirá, hay que estar en las instituciones peleando cada palmo de terreno desde dentro. Vale. Me apuesto doble contra sencillo a que pasados cuatro años en su escaño senatorial (en el caso de que su postulación se corone con el premio gordo del sorteo) se limitará usted, como han hecho antes cientos de sus colegas, a cobrar el sueldo, las dietas y demás prebendas, a hacer algunas preguntas inútiles que recibirán respuestas así mismo inútiles, a pronunciar de vez en cuando algún discursillo que denuncie la obsolencia del Senado tal y como está concebido, a sugerir que hay que dotarlo de medios y normas para que sea una cámara de representación de los territorios, y aquel extenso bla, bla, bla que suele acompañar de serie ese rancio kit. Llevo oyendo la cantinela desde los tiempos en que empecé a constatar cómo pequeñas lorzas sustituían con cierto disimulo (al principio) las tabletas abdominales de mi serrana cintura, y créame, de eso hace ya mucho tiempo.

Veamos qué le parece mi idea: dejar vacante cada escaño que su formación logre en el Senado (lugar por cierto en el que si -desoyendo mis consejos- llega usted a afianzar sus posaderas, compartirá mesa y mantel con los recién fichados Bauzá y Antich, con quienes sin duda tendrá ocasión de echar unas risas entre ponencia y comisión).

Si siguieran mi pragmática recomendación los partidos emergentes como el suyo, se produciría un boicot redondo a una institución que debería haber desaparecido del organigrama hace una eternidad, siempre reconocida su inutilidad, siempre aplazada su reforma, jamás planteada seriamente su disolución.

Dicho de otra forma, me postulo para ciudadano en proceso de descabreo. Para ello es condición sine qua non que los impuestos con los que me crujen (no más que a usted querido lector) se destinen a cubrir necesidades de la población en detrimento del sostenimiento irracional de onerosas instituciones vacías de contenido.

O por si no se me entiende con claridad, sostengo que un anti taurino no debiera postularse a banderillero, ni siquiera con la idea de colocar los pares con mayor suavidad y ternura de lo que lo haría un entusiasta subalterno. Y mucho menos, si vamos a eso, postularse para mulillero de arrastre con la excusa de que su trabajo (de menor riesgo, todo hay que decirlo) se realiza con el bicho convenientemente insensibilizado por la muerte e incluso a veces despedido por el respetable con cerrada ovación.