Contigo mismo

Héroes, a fin de cuentas...

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Es una antítesis… O no…

Algunos, por ser héroes, fracasan…

Eras muy joven… Eran las seis de la mañana. Ibas a tomar el autobús hacia Ciutadella. En el Consey una mujer mágica entendía de tu pobreza… Y te daba su caridad en forma de café con miel… «Avui estàs refredat, t’anirá bé». Si fuera un guión cinematográfico habría una inmutable acotación: «sonriendo afablemente». Ella vive, perdura, en su hijo, Rafael… Y en tu recuerdo. La genética, también entiende de bondades… Rafael es un claro ejemplo… Un día hubo unas obras… Y una tubería… Y le jodieron el negocio… Hay mogollón de gente que ha dejado su vida en un local…. En tu vida hay cosas que controlas… Pero otras, va a ser que no… Una tubería, esa tubería, puede cambiarla …

Dejaron de ir jubilados a esa cafetería…. No era por desamor… Simplemente, por temor…

Hay héroes fracasados…. Como todos los héroes… Son magníficos…

O puede que, a fin de cuentas, los héroes no sean más que fracasados…. Tus héroes son… Esas personas a las que unas obras, o el destino, o esos políticos que de eso no viven, porque no entendieron eso de ser autónomos, puedan cambiarles la vida… O… Y resisten… Son esas personas que llevan décadas luchando por sobrevivir, y a las que, de repente, una modificación urbanística, les jode la vida… Hay alguien que, a lo mejor, monta un bar… Frente a un hospital. Paga impuestos. Deja su piel en un papel bancario. Busca con terror el aval de quien, probablemente, no se lo dará… Ve, en la televisión, despilfarros impensables de tanto político de boquilla, mientras estruja con una bayeta una copa del vino ido. No es, a la postre, solución mala para vomitar la rabia. Porque un día cerrarán ese hospital. ¡A hacer puñetas! Y puede que en ese bar no se sirviera un café, sino la paciencia, con azúcar o no, de quien tiene mal pronóstico… Ese café vale mogollón. Y, sin embargo, siguen siendo noventa euros…

Y resisten, sí… No llevan capa, ni, afortunadamente, espada…

Los sacrificios de tantos años se quiebran… Es cuestión, sí, de tuberías…

El Consey, el bar y ese, junto a la antigua residencia, el desvío faraónico y estúpido de una carretera, esa calle en la que ya nadie transita…

Lo dieron todo… Pero la vida –te lo dijo Mercedes, un paradigma de lo que es la bondad- en ocasiones, decide por ti…

Muchos pensaron, piensan que es el final. Un buen amigo te describió como, a las cuatro de la mañana, abrió por última vez su negocio… Estaba junto a un centro educativo… Pululaban por él maestros… Ahora, únicamente funcionarios…

Son héroes, pero no los funcionarios... Que puede que también. Y son, en ese vomitivo mundo, fracasados… Ponga un parquímetro y destroce a una persona…

Y viene luego un ruego… No toquéis nada de esa calle sino la habéis pisoteado, vivido…

De repente accedes a OT… Amaia hace de la noche algo mágico. Canta otra antítesis desgarradora… «Para empezar diré/ que esto es el final/ No es un final feliz/ tan sólo es un final»…

Pero no es un final… Habrá que recomenzar…

Hicieron todo lo que pudieron. Puede que más… La vida, para con ellos, fue cruelmente desatenta… Puede que fracasaran, pero lo de la tubería no era cosa suya… Pero que sepan que son tus héroes… Los que, a la postre, sostienen a un país… Pervive en tu memoria la mujer del Consey y el amor de ese café que tenía mucho de caridad, la imagen de esa otra mujer a la que se le sirvió una copa con exquisitez tras un diagnóstico feroz, la de ese maestro que se quedó sin escuela… A toda esa gente le dedicas tu artículo, a toda esa gente a la que una tubería le jodió la vida, pero alumbró la tuya…