Les coses senzilles

Al viento

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Muchos son los intentos por prolongar la temporada turística entre nosotros, pero diría que ninguno ha surtido hasta ahora el efecto deseado. Hay quienes se meten en el agua a finales de marzo, pese a que les tiemblan las mandíbulas de puro frío –fan barretes— y en cambio a finales de septiembre, cuando el agua conserva una temperatura agradable, dejan de ir a la playa de puro cansancio. Debe de ser la fuerza de la novedad y el hastío de lo repetitivo. No hace mucho paseaba por una playa cuando alguien dijo de una vieja sentada en un chiringuito: «A esta me la ligué yo cuando era joven». Lo cierto es que resultaba cómico, pero era una gran verdad; debe ser aquello de que el tiempo pone a todas las cosas en su lugar. Entonces recordé que otro amigo mío, cuando era joven y estaba de buen ver, les dijo a las turistas que era matador. «¿De toros?», preguntaron ellas. «No, de serdos». Claro, era la imagen que tenían de nosotros en el extranjero: Toros, castañuelas, paella y sangría. Cuando iba al colegio me enseñaron que Hitler ya tenía fijado el destino de los españoles, en caso de ganar la guerra: todos teníamos que ser pastores. Pero en Menorca nunca hubo pastores, porque las ovejas campan por sus fueros en las tanques.

Otro amigo mío -se nota que tengo muchos amigos- vio por primera vez en muchos años a una antigua novia y no la reconoció. Cuando le dijeron quién era soltó una exclamación más bien despectiva. Lo que pasa es que nadie se ve tal como es en el espejo. Creemos ser todavía aquellos chicos melenudos a quienes las jóvenes despechadas llamaban ‘nenas’, y por cierto, hablando de melenudos y de amigos, a ‘otro’ amigo mío su padre quiso cortarle el pelo mientras dormía, porque de día no se dejaba, y va y se despierta con el roce frío de las tijeras y se rebeló de mala manera. «¡Este viaque al pelo no me lo corta ni Dios!», dijo. Pero lo que ocurre es que, como decía mi madre, Dios tiene la mano muy larga, y ahora mismo muchos de aquellos antiguos ‘peludos’ están pelados; es decir, se han quedado calvos. Otros, a quienes sus progenitores reñían a voz en grito y castigaban duramente si se pasaban la noche ‘picando’ turistas, de modo que tenían que urdir excusas del tipo: «He estado cantando ‘Al vent’ con el guitarrista de la esquina», otros rebeldes de antaño hoy, simplemente, han muerto. Ya saben, la canción de Raimon, «Al vent, la cara al vent, el cor al vent, els ulls al vent, al vent del món...».Según Machado todo pasa y lo nuestro es pasar.