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Carta a una señora

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Mi relación epistolar con usted, señora, es como la relación que tiene un pájaro con el aire o como esas olas de algodón que abrazan el talle de piedra de la tramontana menorquina. La roca es tan dura como duro es vivir soñando con usted, sabiendo como sé que he de morirme soñando, pero quiero que sepa (sé que lo sabe) que jamás renunciaré a quererla. Yo no tengo la culpa de quererla tanto ni tampoco usted es culpable de quererme tan poco.

El otro día cenando a bordo del barco pirata de mi amigo de la isla de Tabarca, su bellísima compañera me decía: «¡Coge nuestro braco y ve a por ella! La cena en la cubierta fue un regalo para los sentidos de quienes disfrutamos de la gastronomía: gamba roja del Mediterráneo a la plancha, en su punto exacto de cochura, un vino elegantemente seductor y el postre que siempre me prepara Erika, fresas maduras en la mata combinadas con frambuesa negra acompañadas de un exquisito champán refrigerado en cubitera con cubitos de hielo hasta mantener en el fielato los 8º, en alguno momentos quizás 7. Terminada la agradable sobremesa, mis amigos del barco pirata se fueron a dormir. Yo les dije que me quedaba un rato en cubierta. El pirata fue a decirme algo pero Erika le puso una mano en el hombro. ¡Qué inteligentes son las señoras! Me quedé en un duerme vela mirando el brillo de las estrellas hasta que sin darme cuenta la vi a usted a la caña del timón. Con qué habilidad sorteaba los abrullos. Por un instante surgió la magia del más perfecto y antiguo de los esperantos, aquel en que hablan las miradas, aquel en que el deseo se desliza lentamente por la punta de los dedos cuando rozan la mano amada o acarician la mejilla iluminada por la luna. Acuérdese señora que se lo dije dando libertad a mis sentimientos. Tengo memorizados los besos que usted me debe aunque ahora mismo le perdonaba esa deuda por uno solo de esos besos.

Hay algo que me perturba, pienso que la he amado tanto y tan intensamente en mis sueños, que a lo mejor no sepa amarla despierto. Posiblemente solo soy un sembrador de imposibles que cosecha suspiros.

Hace años pensaba que para conseguirla me hacía falta la valentía que no tenía. Hoy sé que solo necesito unos gramos de locura y déjeme que en este punto le diga que no han sido pocas las veces que me he sentido culpable de no hacer por usted locuras sin estar loco. Lo hablaba con mi amigo el pirata del mar de Tabarca que me decía: «Yo buscando a una mujer, ¿te acuerdas? Y tú, amigo mío, queriendo olvidarla». Él encontró a Erika, consiguió lo que buscaba, pero yo señora soy incapaz de olvidarla a usted. Sé que lo sabe porque su sonrisa me cuenta lo que usted se calla.

La brisa se convirtió en un levante que pregonaba sus intenciones y repentinas olas empezaron a zarandear el barco anclado a barbas de gato. Miré el eje longitudinal del buque que me marcaba el bauprés que en tiempos fuera tan importante pues en él se afirmaban los estayes del trinquete y de los foquets. Le apreté a usted la mano y entonces el rumor del agua chocando contra el barco me despertó y me encontré tan solo y tan perdido como siempre.

Los navíos de madera tienen con las olas del mar un idioma propio que en este caso maldita la gracia que me hizo porque justo me despertaron cuando tenía la suerte de estar soñando con usted.

Ya sé que estamos lejos el uno del otro pero quiero que sepa que la recuerdo señora, desde la lejanía en que la memoria me obedece. Erika me dijo, después de un brindis con champán: «Qué orgullosa puede sentirse esa mujer. Llevas toda la vida siéndole fiel». No te fíes Erika porque hoy sé que para amar no hay que pensárselo tanto, al igual que sé que bastan unos gramos de locura para estropear una tonelada de cordura. Quién sabe si un día no os pediré vuestro precioso barco para acercarme al puerto de Mahón y plantarme ante la sirenita para informarla que lo he decidido, me la llevo a usted, señora, en el barco pirata a dar la vuelta al mundo.