Te diré cosa

Placeres y naciones

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Hoy (pido excusas por anticipado) voy a contarles algo personal. Durante cerca de tres horas he estado remando a bordo de una canoa con mi hija pequeña (ocho añitos) sentada a proa, surcando -por un mar en calma- aguas cristalinas de todos los tonos que es capaz de ofrecer la gama fría del arcoíris: los azules, los esmeraldas, los cían...

Durante todo el tiempo que ha durado este masaje a los más potentes centros del placer, mi hija, que era el capitán Cook, y yo en calidad de su contramaestre (y remero) no hemos divisado a lo largo de la cercana costa ningún ser humano ni signo alguno de civilización a excepción de un pescador local acompañado de quien suponemos su pequeño hijo ocupados en lanzar al agua una red circular que recogían a los pocos segundos, no sabemos si cargada o no de peces (Cook no llevaba en esta ocasión su catalejo).

A una orden de mi niña, que a estas alturas era una amable y renombrada científica en misión de detección de fósiles, he puesto proa a una prometedora caleta bordeada de pequeños acantilados sobre los que colgaba una vegetación feraz y que, tras nuestro desembarco, ha mostrado ser una magnífica cantera de sorpresas, cueva incluida.

Ya de vuelta a «la base» la capitana del ahora buque oceanográfico me ha ido ordenando parar en todos los grupos de corales que hemos ido encontrando a nuestro paso, se ha colocado gafas y aletas y (excitadísima) ha procedido a narrar, cada vez que sacaba la cabeza del agua, los pormenores de la vida en el arrecife (que por cierto, es una de las cosas más bellas con las que me he encontrado en mi vida: flotar en silencio sobre un jardín mágico rebosante de una infinita variedad de formas de vida con delirantes colores).

En este plan (y otros parecidos) tengo la fortuna de estar enfrascado estos días de mayo.

Mientras vivo inmerso en este edén no recibo noticias del mundo, lo que me protege bastante contra el desaliento. No obstante, por la noche la marea de la razón sube y en cuanto me descuido me encuentro reflexionando.

La reflexión conduce a la consideración; en ocasiones produce incluso moralejas.

Temo en mi caso no haber sacado por el momento ninguna conclusión paradigmática en estos días de solaz, aunque sí me atrevería a compartir con ustedes (aprovechando que nadie me lo ha pedido) un par de consideraciones:

Hay veces que unos mínimos elementos, basta con que sean puros, naturales y amistosos (como una hija, un espacio limpio y despoblado y un día soleado) pueden aportar tanto (o más) bienestar que toda una discoteca ibicenca cargada de estimulantes o que un centro comercial en Navidades.

Pero esta ecuación no funciona igual para todo el mundo. Mucha gente en mi lugar se aburriría y buscaría cosas más excitantes a las que dedicar su tiempo. Nada que objetar: para gustos los colores. Pongamos ejemplos.

Para Hitler, islas como esta en que me hallo no hubiera sido más que un punto más o menos estratégico en su lucha contra las razas inferiores, de manera que él en mi situación no hubiera disfrutado mucho, excepto si hubiese podido disparar contra el pescador y su hijo. También para muchos mandatarios (y sus creyentes) ingleses, americanos, franceses, nipones, españoles etc, lugares tan bellos y pacíficos como el que hoy piso no significaron más que enclaves idóneos para establecer colonias donde expoliar recursos, esclavizar indígenas o desplegar bases militares. La idea siempre fue la misma: naciones autoproclamadas superiores (por motivo de raza, religión, cultura, economía... ) desprecian a pueblos considerados inferiores.

De manera que lo relevante a la hora de explicar por qué estoy disfrutando tanto de mi estancia en un atolón perdido del Pacífico, no sería tanto mi nacionalidad o mi bandera cuanto mi talante.

Confieso que no comulgo con tantas personas -en el fondo valiosas y nobles muchas de ellas-, que sintieron (y aún sienten) la poderosa necesidad de seguir ciega y apasionadamente las llamadas a estrechar y definir con banderines los márgenes del redil en el que se agrupan.

Quizás se sientan así mejores que quienes viven al otro lado del cercado.