¿Tiene caldereta sin langosta?

Más allá del bien y del mal

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En 1941 Reinhard Heydrich encargó a un mayor de las SS, Bernhard Krüger, la puesta en marcha de un ambicioso plan para falsificar libras esterlinas. Los jerarcas nazis querían llenar el mercado de libras falsificadas, disparar la inflación y así hundir la economía inglesa. Para la ejecución de este plan, se creó en el Cuartel de las SS de Berlín la Oficina 6-F-4, dirigida por Krüger, que enseguida se encontró con el primer escollo: no había técnicos alemanes que pudieran hacer el trabajo. Dada la importancia de la «Operación Bernhard» para el régimen nazi, Himmler autorizó que se utilizara a prisioneros judíos que fueran calígrafos, impresores, dibujantes y expertos en falsificaciones. Tras recorrer todos los campos de exterminio que había en Europa, Krüger seleccionó a 140 judíos que fueron clasificados como «trabajadores altamente esenciales». Fueron destinados al Bloque 19 del campo de concentración de Sachsenhausen, cerca de Berlín. Sus condiciones de vida eran muy diferentes a la de sus compatriotas de otros barracones. Camas con colchón. Sábanas limpias. Comida caliente. Duchas.

Pocos meses después, el plan dio sus frutos y los prisioneros consiguieron falsificar la libra. La reproducción estaba tan lograda que un agente encubierto depositó en un banco de Londres un maletín lleno de billetes falsos sin que saltaran las alarmas. Cuando el taller de Sachsenhausen estaba a pleno rendimiento, producía 400.000 libras esterlinas al mes. A finales de 1944 se habían puesto en circulación nueve millones de billetes con un valor facial de 135 millones de libras. El mayor Krüger era consciente de que, si finalizaba la operación, los prisioneros iban a ser ejecutados y él iba a ser destinado al frente del Este. Por tal motivo, convenció a sus mandos de que había que falsificar el dólar. A principios de 1945 los prisioneros lograron esta falsificación. Sin embargo, la guerra ya estaba finalizando. Se dio la orden de trasladarlos al campo de Ebensee en Austria para ser exterminados y no dejar testigos de la operación. Gracias a la recomendación de Krüger, el comandante del campo se negó a acatar la orden y finalmente los «falsificadores de Sachsenhausen» fueron liberados.

Thomas Hobbes solía decir que «las nociones de rectitud e ilicitud, justicia e injusticia, no tienen lugar en la guerra». La «Operación Bernhard» nos demuestra lo difícil que es separar el bien del mal cuando las personas se encuentran en una situación límite en la que está en juego su supervivencia. Los prisioneros del Bloque 19 se encontraban en una encrucijada. Por un lado, sus condiciones de vida nada tenían que ver con las purgas sistemáticas, el hambre y la tortura que había en los otros barracones. Gracias a sus habilidades, habían conseguido un «trato privilegiado» dentro del horror nazi. Sin embargo, eran conscientes de que estaban colaborando con el mismo régimen que planeaba su exterminio. Cada uno de los billetes falsificados que salía del taller servía tanto para asegurar su supervivencia un día más como para condenar al resto de sus compatriotas a las cámaras de gas. Esta dinámica perversa –una mezcla de ganas de vivir, sentimiento de culpa y miedo a la muerte- convertía a los prisioneros en personas que luchaban por ser buenos y que, sin embargo, se veían abocados a participar con el mal para poder sobrevivir.

Por otro lado, la actitud del mayor Krüger también refleja la ambivalencia del comportamiento humano cuando se enfrenta a situaciones extremas. El oficial de las SS saboteó su propio plan. Quería retrasar su culminación porque sabía que acabaría en el temido frente del Este. Este acto egoísta que buscaba evitar una muerte segura en combate, a su vez, ayudó a los prisioneros a vivir unos meses más. Incluso cuentan los historiadores que intermedió para que los judíos no fueran ejecutados en el campo de Ebensee.

Desde tiempos inmemoriales, estamos reflexionando acerca de la ética del bien y del mal. La historia –y, especialmente, los desastres del siglo XX- nos han enseñado que nuestro comportamiento es como una plastilina que se amolda a las circunstancias de una manera sorprendente. Resulta muy difícil juzgar a quienes tuvieron que enfrentarse a situaciones donde la luz del bien y la oscuridad del mal convergían en un tímido rayo gris teñido de esperanza y de miedo. Ya lo decía el filósofo alemán Nietzsche: «Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti».