Te diré cosa

Con moratoria, no hay paraíso

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Bien pudiera parecer a algún hipotético lector asiduo de esta columna que estoy peleado con el mundo.Nada más lejos de la realidad. Por lo general la vida me viene pareciendo algo tan inexplicable y enigmático como entretenido. El amor, el agua cristalina, las lentejas con costillas, la siesta y otros parecidos nódulos de placer mantienen mi espíritu en un nivel casi envidiable de asombrada (y asombrosa) satisfacción.

Sin embargo no puedo negar la existencia de un reducido grupo de coetáneos que parecen hacer todo lo que está en sus manos por romper esta armónica sinfonía minando mis intereses desde diversos frentes. Y vive dios que a veces logran su propósito con nada desdeñable pericia. ¿Quiénes son estos estos traviesos diablillos? Bueno, son generalmente gente con gran vocación de servicio declarada.

Les contaré un reciente ejemplo de cómo puede afectar a mi apacible vida la actividad, a veces impulsiva, a veces desordenada, a veces dadaísta, casi siempre farragosa, de éstas entrañables criaturas.

Como tantos de ustedes, amables lectores, gozo de una humilde hipoteca a largo plazo de la que me quedan por satisfacer algunos manojos de recibos. Por otra parte planeo permanecer ausente de mi pequeño (pero coqueto) apartamento en el puerto de Mahón durante unos cuantos meses. En un ejercicio de coherencia, a mí parecer irreprochable, pongo juntas estas dos circunstancias, y de la unión sale un propósito que suena no menos razonable que prometedor: pongo mi apartamento en una plataforma de internet; lo alquilo mientras estoy ausente y consigo un dinerillo con que acortar en el tiempo la insana relación que mantengo con el banco (entiéndame, insana solo para mí, y exclusivamente en este aspecto concreto de nuestra -por otra parte afable- convivencia).

Como soy hombre de principios (y por qué no confesarlo, temeroso, no tanto en este caso de Dios, como de las multas que puedan recaer sobre quien trampea a la Administración con Airbnb), me dirijo al Consell a legalizar mi proyecto.

Un desapasionado -aunque correctísimo- funcionario, me explica que no va a ser posible.

Pero mire, caballero (pienso, aunque me lo callo), yo sacaría una pasta; Hacienda, sin mover una pestaña, se llevaría un tanto por ciento del negocio (me pagaría directamente la plataforma de internet de la manera más transparente); ese dinerillo ayudaría a sostener entre otras cosas el notable edificio en que me hallo mendicante y a sus moradores; mis inquilinos alquilarían con toda probabilidad un coche, comprarían productos locales (o foráneos, que también soportan IVA); comerían ocasionalmente en restaurantes, conocerían nuestro paraíso fuera de temporada (en mi caso alquilaría en meses valle) y hablarían de él maravillas. ¿Qué más quieres Baldomero?.

¿Cuál es el problema? (esta vez expreso impúdicamente en voz alta mis pensamientos).

Hay moratoria.-me informa con rigurosa cara de pocker el amable interlocutor-.

Estupendo. La moratoria me impide legalizar mi apartamento para uso turístico.

¿Cuánto dura la moratoria?.- Inquiero-.

Un año- contesta - (¡prorrogable!, pienso, pero declino pronunciar en voz alta mi temor para no crear una tensión innecesaria y posiblemente contraproducente, dada mi posición de desventaja en esta entrevista.
De manera que quien quiera que se ocupe de este asunto (¿será de izquierdas, será de derechas?¿Será nacionalista, mediopensionista, asesor, político de carrera o de ocasión?) dispone de un año (quién sabe si prorrogable) para decidir sobre mi patrimonio y cómo debo conducirme con él.

Imagino que quien quiera que se dedique a tramitar este expediente no tendrá moratoria en su sueldo hasta que se decida a dictaminar (si así fuera, intuyo que el plazo se acortaría como por arte de magia). Por si llegan a los ojos de a quien competa estas respetuosas líneas, me gustaría hacerle notar que mi hipoteca y yo esperamos ansiosos que se pronuncie sobre el asunto que nos ocupa. Rezaré una oración para que el Espíritu Santo le ilumine en este trance y no acabe la montaña por parir un ratón surrealista de esos que pululan a docenas por nuestro ordenamiento.