Café del mar

Sin líder no hay revolución

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Mirado sin pasión, que es justamente lo que sobra, y analizado sin sentimiento, el combustible necesario para la locomotora secesionista, el proyecto de Cataluña es desde el 23-F la mayor sacudida política de la democracia de este país, si excluimos el cruel goteo terrorista que fue lastrando el avance progresivo hacia la libertad, la modernidad y el estado del bienestar. Por tanto, pasión no, interés inmenso por el devenir de la aventura, sí, aunque según reflejaba una encuesta de la Ser el lunes, no figure entre las primeras preocupaciones de la ciudadanía.

Los expertos y aquellos que no lo son pero tienen algo que decir han escrito mucho y bien estos días sobre el asunto, que los más osados equiparan a una revolución. Si así fuere, falla el liderazgo, un elemento capital para el éxito de la revolución que, para que cumpla ese papel, se presenta como movilización del pueblo aun cuando sabemos que nació como coartada de la huida hacia adelante del partido burgués y hegemónico de la escena catalana cuando se vio autodestruido y perseguido judicialmente por la corrupción. Luego, los antisistema convertidos de repente en árbitros del sistema y que nutren su acción de la agitación permanente se ha convertido en la muleta decisiva para, según la ocasión, sostenerse o atizar al adversario.

Pujol, por mal que nos pese ahora su oculta labor financiera para la madre superiora, era un líder con carisma, indiscutible, capaz de ganar todas las elecciones a las que se presentó. No tiene tales cualidades Puigdemont, puesto en el cargo y sin más autonomía de decisión que cumplir encargos de otros poniendo la cara y la firma. Hay multitudes con banderas -otro elemento de la revolución- que asustan a los indiferentes, pero falta el líder y sobra la chapuza de la tramitación parlamentaria que seguramente a estas alturas está quitando el sueño a alguno y alguna.