Davall l'ullastre

Turismo con turistas

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Debajo de este árbol de la verdad en el que me refugio no puedo negar que fui algo turismofóbico en mis años mozos lo que no dejaba de recriminarme afablemente mi añorado amigo Joan Juanico, uno de los mayores expertos en el tema. Pero la culpa no era del todo mía: tierno infante escuchaba a mi padre, por otra parte pacífico y respetuoso ciudadano, tejer, en mítines familiares, planes subversivos para dinamitar (en invierno) el entonces llamado Hotel Saronga, despiadado desvirgador de Cala Galdana y auténtica bestia negra de mi progenitor. Claro, con estos mimbres no podía salir otro cesto que el anti urbanizador indiscriminado, al estilo del perrillo Idefix que aullaba cada vez que Obelix arrancaba un árbol para atizar a los invasores romanos.

Ello fue más o menos así hasta que entré como directivo encargado de tertulias del Ateneo en los años ochenta. Allí, en inolvidables sesiones, fui escuchando a personas de seny y modulé mis criterios: ya no tuve dudas de que el turismo era imprescindible y fundamental para el desarrollo de la isla y que el debate estaba en el cómo. Hasta llegué a comprender el proyecto de Gabino Sintes de montar un campo de golf con aguas recicladas en el pedregal de S’Algar... ¡El aguerrido turismofóbico auspiciando un campo de golf, vade retro! Luego vendría el convencimiento de que dos o tres campos de golf en la isla podrían atraer un turismo de calidad con bajo coste ecológico si hablamos de regarlos con aguas recicladas. También me convencí de la compatibilidad de una playa virgen con un chiringuito rústico con buena oferta gastronómica, y de instalaciones similares en el Camí de Cavalls donde reponerse de la dureza de las etapas… Toda una caída del caballo.

A partir de ahí, la indefinición, la contradicción, la ambigüedad: no logro encajar en ningún esquema. Ya no soy turismofóbico, estoy curado, pero soy partidario de un PTI razonable que regule la oferta y defienda nuestro limitado territorio de la depredación urbanística. Creo en la necesidad de mejorar las infraestructuras (una carretera más segura, sin giros a la izquierda, con alguna macro rotonda al caso) pero ni siquiera en la fase más aguda de mi caída paulina llegué a vislumbrar Menorca con el doble costurón paisajístico del desdoblamiento o festoneada de múltiples forúnculos de hormigón. Me parecen opciones descabelladas en una isla de solo 45 kilómetros que además es Reserva de la Biosfera y aspira a ser universalmente talayótica. También tengo claro que hay que apostar por las energías renovables y parece económicamente más eficiente la concentración de placas fotovoltaicas que su dispersión, pero se detecta una grave preocupación por el impacto paisajístico…

Y mientras tanto llevo siglos oyendo hablar de la necesidad de definir nuestro «modelo» turístico. ¡Turismo de calidad! ¡Turismo cultural! ¡Sostenibilidad! ¡Desestacionalización! He escuchado miles de argumentos a favor del equilibrio, pero ¿cómo cuadrar el círculo de un turismo con turistas respetuosos con el paisaje, amantes de la cultura talayótica, ávidos de exposiciones pictóricas y conciertos y al mismo tiempo capaz de cubrir la ingente oferta restauradora, hotelera y comercial? Y por otra parte, y ante la masificación actual, ¿es posible pensar en el numerus clausus en un mundo globalizado y hedonista en el que las cosas se han democratizado y entre ellas, las posibilidades viajeras, antes circunscritas a las élites? ¿Cómo limitar los flujos?

Y sucede que mientras andamos de foro en foro en busca del modelo incorrupto surgen, a la par que los neo estrategas del Puerto Banús style, que pretenden convertir la isla en un resort para ricos, los nuevos turismofóbicos, jóvenes airados por mil cosas (justificadas muchas de ellas), confundidos por una globalización que enturbia su identidad y posiblemente manipulados por intereses espurios, que la emprenden contra la masificación turística en una especie de revival sin pies ni cabeza. Más nos valdría salir de las trincheras políticas, flexibilizar posturas, tratar de llegar a acuerdos de Estado en temas clave (la carretera ya clama al cielo), y arbitrar medidas de protección de los autóctonos como las que ya se empiezan a implementar en Florencia y Venecia. En fin, mucho material para nuevos foros…