Contigo mismo

Matar a un perro en una plaza de toros

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Escribir no es fácil. Pero es bello. Aunque lo que digas no se mude, de algún modo, en eternidad. Y lo que expreses se plasme, al día siguiente, en amarillenta hoja de bar… Aunque reviva en hemeroteca. Puede que escribir te conlleve problemas… Tuviste a un magnífico profesor de Filosofía. Iba un tanto desaseado. Bromeábamos sobre él. El nombre no ayudaba: Rosendo Gisbert Calderón. Aunque todos lo conocíamos por Sr. Calderón. Hubo un tiempo de respeto. Murió desasistido, a excepción de un sacerdote y exalumno suyo… Pero algunas de sus palabras revolotean cuando te pones al frente de un ordenador… Cuando explicitas, por ejemplo, lo que te dijo: «Nunca escribas algo que no sientas. Y pon tus palabras al servicio de lo que es justo». Eran oraciones luminosas. Porque transformaban a las personas, mejorándolas…

Estás en Palma… Una amiga te comenta de qué ira tu próximo artículo… Miras el diario que está sobre la mesa del restaurante. En él asoma la imagen de Elena, la hermana del rey y la de sus hijos: Froilán y Federica asistiendo a una corrida de toros… Froilán tiene, al parecer, problemas de estudios, o por mejor decir, de educación… De eso irá… Puede, Sr. Calderón, que la solución no resida en una academia privada, sino en lo que ve quien, a la postre, no deja de ser un niño…

Imagínense a un perro, caniche –o de cualquier otra raza- , aterrorizado, en un espacio abierto… Imagínense que le clavan banderillas y acaban por insertarle una espada en su lomo… Imagínense que a eso le llamen arte… Imagínense que a eso le llamen cultura… Imagínense que por eso es conocido un país…

No sé, a ciencia cierta, cómo se manda un libro a la hermana de un rey…

Pero si pudiera… Pude hacerlo con su madre, una admirable Sofía. El libro de una invidente y exalumna tuya…

No sé –iteras- cómo se manda un libro a la hermana del rey…

Pero (¡joder, vuelves a repetir esa conjunción!), si estuviera a tu alcance, le harías llegar un ejemplar de «Arthur» de Mikael Lindnord, un espléndido relato en el que se narra la historia de un perro que atravesó la jungla para encontrar un hogar…

O la imagen de tu perro, Roig, que, cuando murió tu madre, estuvo a punto de espicharla… De pena… Cuando íbamos a su piso olisqueaba e iba de habitación en habitación, buscándola, pidiendo un imposible… Puede que, cuando lo hiciera, el día fuera gris, pero de repente la casa era otra, más luminosa, porque la bondad había entrado en ella... Luego te miraba. Sus ojos eran preguntas… Y tristeza… Nunca, en nadie, vi algo así… Vi ríos, pero no océanos…

Estás en Palma… Ya lo has dicho… En el Paseo Marítimo puedes leer paneles con textos magníficos a favor de la vida, de la dignidad… Uno de ellos reza: «Seamos compasivos. El maltrato, la tortura y el abandono que sufren millones de animales resulta casi incomprensible. En España, casi 150.000 perros y gatos son abandonados todos los años (…) No hay que olvidar que tan beneficiario de la compasión es el que recibe como el que la da».

Elena no habría, probablemente, soportado, la imagen de un perrillo con banderillas…

Tal vez, la muerte y las razones éticas, dependan del peso o del tamaño… Es difícil vivir en un mundo sí…

«La violencia hacia los otros seres humanos es una escuela de agresividad también para los humanos» – proclama otro cartel-.

Tal vez educar a un hijo no consista en cambiar de centro…

Tal vez consista en dejar de ir a ciertos sitios…

¡Gracias, Sr. Calderón!