Cita a ciegas

Verano de lecturas (I)

| |

Valorar:
Visto 96 veces

Me gustaría, en primer lugar, saludar a mis lectores tras este paréntesis sin citas a ciegas: la culpa ha sido de un viaje a tierras de Donald Trump que, por suerte para esas tierras, no le pertenecen (o no del todo: o no para siempre). En segundo lugar, y como aún me estoy orientando de nuevo en esta isla con sus puntos cardinales, por suerte también, bien diferenciados, me gustaría hacer una de esas listas-eje antes de abrir mis libretas para ‘reviajar’ tantos kilómetros. Y como me parecía de excesiva confianza compartir la lista de tareas (o la de deseos), he optado por una de lecturas para el verano, siguiendo la estela de suplementos culturales, librerías y bibliotecas con sus sus recomendaciones literarias para las vacaciones (quien las tenga) y los días largos, que cada año parecen más cortos.

La primera obra de esta lista, que espero ir ampliando en artículos futuros, está firmada por Bernardo Atxaga (Gipuzkoa, 1951). El autor ha pasado por Menorca con su seudónimo este fin de semana para impartir uno de esos inolvidables Talleres islados: cuatro días de «Cuestiones prácticas y un poco de poesía» con un grupo de oyentes en torno a este generoso contador de historias y de secretos del oficio, que alza los hombros y las cejas como si no tuviera culpa de saber todo aquello. En su conferencia en la Biblioteca Pública de Alaior, con Ponç Pons como presentador, al aire libre, al cielo de golondrinas y de luna llena, dijo Atxaga que toda lectura transcurre por el interior y que sirve en realidad para conocerse a uno mismo. Así que empecemos por cualquier parte, leamos(nos).

De sus libros, el famoso que le hizo famoso es «Obabakoak», imprescindible para quien quiera convertirse en lector/escritor, con ese territorio que reinventa la tierra de la infancia. Como muchos ya lo han leído —igual que «El hijo del acordeonista», sus «Siete casas en Francia» o sus libros infantiles y los juveniles, como «Memorias de una vaca»—, mi primera recomendación para este verano (o vida) es «Días de Nevada». Una especie de diario (o ensayo, novela o recopilación de cuentos: ya no importan los nombres) de la estancia de casi un año de Atxaga y su familia en Reno. Es un libro con trazas de desiertos, mapaches, universitarios y Chevrolets mezclados con recuerdos de su familia y de su lengua, como si no existieran distancias entre lo de hoy y lo de ayer. El mismo Atxaga, preguntado en Alaior por la parte de su obra que le produce mayor satisfacción, señaló que salvaría algún fragmento, alguna página suelta, como las de la «Última pieza» de este «Días de Nevada», donde narra el funeral de su madre («Izaskun está en Eibar»). El pasaje, es cierto, merece el tomo entero, pero también lo merecen otras estampas que nos permiten ir o volver al sueño americano (tan desvencijado ya que creo que no existe) y recorrer un paisaje de dentro afuera. Copio aquí el comienzo, por si a alguien le invita a continuar y porque el autor remarcó la importancia y la ilusión de los inicios en el proceso de escritura, cuando aún cualquier camino es posibles:

«Siempre hay silencio en Reno, incluso de día. Los casinos son edificios estancos, cubiertos por dentro con moqueta, y ningún sonido cunde más allá de las salas donde se alinean las máquinas tragaperras y las mesas de juego. Tampoco se hace notar el tráfico de la calle más transitada, Virginia Street, o el de las autovías que cruzan la ciudad, la 80 y la 395, como si también ellas estuvieran enmoquetadas, o como si los coches, los camiones, circularan en secreto.

»Cuando anochece, el silencio, lo que subjetivamente se siente como tal, se hace aún más profundo. El tintineo de una campanilla pondría en guardia a los policías de vigilancia urbana. Si en una casa estallara un petardo, saldrían hacia allí a toda velocidad, con las luces de alarma del coche encendidas.

»El silencio fue lo primero que sentimos el día de nuestra llegada a Reno, el 18 de agosto de 2007, de spués de que se marchara el taxi del aeropuerto y nos dejara solos frente a la que iba a ser nuestra casa, en el número 145 de College Drive. No había nadie en la calle. Los contenedores de basura parecían de piedra».

Una piedra es además lo que llevó Atxaga a la conferencia titulada «Reacciones ante una piedra rayada». Una piedra para reivindicar la literatura. Una piedra que era, según la ciencia, un fósil de erizo con cuatro mil años —un micráster—, pero que será ya siempre para nosotros, por la otra vía, por la que él llama la vía «poética-imaginativa», la piedra de Atxaga.

ana@laisladelosescritores.com