Les coses senzilles

Cantando bajo la ducha

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El otro día dieron a Francesc Burrull el premio Enderrock d’Honor por su grandísima trayectoria musical. Nacido en 1934 Francesc Burrull es compositor, intérprete, pianista de jazz y arreglista de muchísimos temas de la Nova Cançó. Ha colaborado con los grandes nombres de la Cançó, como Lluís Llach, Joan Manuel Serrat, Guillermina Motta, Núria Feliu, La Trinca, etc. También colaboró con otro destacado pianista de jazz, Teté Montoliu. Asimismo arregló, dirigió y tocó los instrumentos de teclado en la ópera Granja Animal, adaptación de Animal Farm, de George Orwell.

En una entrevista reciente le oí decir que si no sabes lo del do, re, mi, fa, sol ya te puedes retirar, literalmente dijo que ja pots plegar de cantar ni a la dutxa. Eso me hizo pensar en lo que decía Paco Triay, inveterado profesor de inglés, cuando afirmaba que todo el mundo cantaba, cuando menos bajo la ducha. No sé si los autores de Singing in the rain, Cantando Bajo la Lluvia, estaban pensando en Paco Triay cuando concibieron la canción y la película del mismo título, pero pienso que es verdad, que incluso los que no sabemos cantar nos atrevemos a hacerlo bajo la ducha, y no acierto a saber por qué motivo. Hoy estas cosas se pueden saber. Basta con escribir en Google la pregunta: «¿Por qué cantamos en la ducha?». Respuesta: «Las paredes húmedas del baño hacen que la habitación actúe como una caja de resonancia… haciendo que nuestra voz parezca mucho más potente». Aseguran que las notas graves suenan más en la ducha lo que hace que los cantantes amateur se equivoquen menos.

Bueno, pues no me lo habría llegado a figurar, de no haber sido por internet. Yo habría dicho que si el agua es calentita uno se siente mejor, eufórico y todo, y se atreve a cantar pese a las críticas habituales de los amigos en las reuniones donde se cantan rancheras, canciones de Tomeu Peña y folklore isleño en general, de las que uno no tiene ni idea. A lo sumo habría afirmado que hoy en día algunas duchas de teléfono parecen micrófonos aerodinámicos, y que uno se hacía la ilusión de estar cantando en un paraíso posible, mojado y en pelota picada, como si fuera la estrella de Flashdance como mínimo. También habría podido argumentar que en la ducha no nos oye nadie ni nos critica nadie, y que las críticas sistemáticas no ayudan. Me habría acordado quizá del profesor de canto que aconseja al alumno que lo deje, porque no es bueno, y de lo que responde el alumno: «Si lo dejo, nunca seré bueno».