¿Tiene caldereta sin langosta?

Enseñar menos para aprender más

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En el año 2010 un equipo de investigadores del prestigioso Instituto de Tecnología de Massachusetts de Boston (Estados Unidos) colocó a un universitario de diecinueve años un sensor electromagnético en la muñeca para medir la actividad eléctrica de su cerebro durante siete días. Los investigadores querían obtener información relevante sobre los patrones diarios de actividad fisiológica. Los resultados no defraudaron. El equipo apreció que el sistema nervioso del estudiante arrojaba picos de actividad cuando realizaba deberes, trabajos de laboratorio o estudiaba para exámenes debido al estrés generado por estas tareas. Por el contrario, la amplitud y frecuencia de las ondas registradas decaían mucho cuando el alumno estaba escuchando clases magistrales de un profesor. En este caso, el nivel de actividad cerebral era prácticamente el mismo que en la etapa anterior al sueño. El alumno desconectaba su mente, no prestaba atención y se introducía en una especie de ensoñación musicalizada por las palabras del profesor. ¿Por qué había esa diferencia de actividad cerebral? La adquisición de nuevos conocimientos se produce a través del hemisferio derecho del cerebro que está más relacionado con la intuición, la creatividad y las imágenes. Cuando el alumno escuchaba la disertación magistral del profesor, su cerebro procesaba la información fundamentalmente a través del hemisferio izquierdo. Esta discordancia provocaba que el alumno no catalogara la información suministrada por el profesor como significativa, no le resultaba interesante y, por tanto, terminaba por olvidarla. Su cerebro no se emocionaba. Más bien se preparaba para dormir.

Este estudio ofrece una justificación cerebral a la ineficacia del tradicional método expositivo en el que el alumno es un mero receptor pasivo de la información. Se estima que, al menos, el 50 por ciento del tiempo que los niños pasan en las aulas de Primaria está destinado a la transmisión verbal de conocimientos. Este porcentaje se eleva al 60 por ciento en Secundaria y llega hasta un 80 por ciento en el Bachillerato. Frente a este planteamiento tradicional, se empiezan a idear otras formas de enseñanza en las que alumno participe más activamente en clase. Cuando se cede protagonismo al alumno y éste participa de forma activa en el aprendizaje aumenta su rendimiento. Se debería, por tanto, invertir los roles: hablar menos, escuchar más. Este proceso informaría al profesor sobre los conocimientos previos, intereses o capacidades del alumno lo que permitiría optimizar lo verdaderamente esencial que es el aprendizaje y no la enseñanza. Así, por ejemplo, se han ideado métodos de enseñanza interactivos en los que se invierte el planteamiento tradicional de exposición en el aula y deberes en casa. Uno de ellos es el modelo inventado por Eric Mazur de la Universidad de Harvard. Este profesor comienza la clase con una breve explicación sobre el concepto que se va a analizar. Después plantea una pregunta con múltiples respuestas que los alumnos han de responder en uno o dos minutos con un clicker (un mando para votar) que envía las repuestas a la pantalla de su ordenador. En caso de que el porcentaje de aciertos sea menor del 70 por ciento, se anima a los alumnos a que discutan durante unos minutos con otros compañeros que respondieron de forma diferente.

La mejora del sistema educativo constituye, sin duda, unas de las prioridades de cualquier sociedad que desee tener un futuro. En el caso de España, se trata de una necesidad inaplazable. Según Eurostat, nuestro país tiene la tasa de abandono escolar más alta de la Unión Europea. El 24 por ciento de los chicos abandona sus estudios tras la ESO. Uno de cada tres alumnos de quince años está repitiendo por primera o segunda vez alguno de los cursos de la educación obligatoria. Según un estudio de la Universidad de Murcia, un 65 por ciento de los profesores sufren el síndrome de burnout por estar expuestos de forma continuada a situaciones de estrés, motivadas, entre otros factores, por la falta de reconocimiento de su labor. Quizá sea el momento de poner en práctica un nuevo sistema en el que se priorice la motivación, luego la atención y, por último, la memoria. Padres, alumnos y profesores deben encontrar esa emoción que nos motiva a aprender e impulsa la curiosidad hacia fronteras que desconocemos. Ya lo decía el profesor Howard Hendricks: «La enseñanza que deja huella no es la que se hace de cabeza a cabeza, sino de corazón a corazón».