El jardín de las delicias

El té se derramó (y II)

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Cuando su amante se negó a asumir la paternidad del hijo que esperaban, Sabina no se sintió especialmente decepcionada, pero se preguntó qué haría a continuación. Abortar ni tan siquiera se le pasó por la cabeza, pues le encantaban los niños y, a pesar de su errática vida sentimental, deseaba ser madre con todas sus fuerzas.

Y entonces acudió a Caravaggio. Al principio no pensó en él como en la solución a su problema, sino como en alguien que sabía mantener la boca cerrada mientras ella se desahogaba. Su apariencia física, que contrastaba con el cabello ceniciento y los ojos azul desleído de la mayoría de los habitantes del barrio, le resultó pintoresca pero atractiva. A fin de cuentas, ¡le horrorizaban los capilares rotos y los tupés anémicos de los autóctonos! Pero lo que más le gustó fue que pareciera el doble de vivo que cualquier otra persona y que emanara optimismo por todos sus poros. No tuvo que esforzarse mucho en seducirlo, ya que Giuseppe estaba más que harto de vivir solo, le apetecía fundar una familia, aunque fuera con una mujer embarazada de otro, y Ginger Ale le gustaba lo suficiente como para dar el paso.

Más de treinta años habían pasado desde entonces y Giuseppe estaba a punto de jubilarse. Si las cosas hubieran seguido su curso ideal, su hijita habría sobrevivido y quizá los hubiera convertido en abuelos.

Sabina no había logrado volver a quedarse embarazada y se negó terminantemente a adoptar un niño. Giuseppe apeló una y otra vez a su propia experiencia en el orfanato para tratar de convencerla, pero ni siquiera quería oír hablar de ello. Su antigua efervescencia se evaporó como el anhídrido carbónico y de un día para otro se convirtió en un ama de casa sin vocación, frustrada y aburrida. No quería trabajar, apenas tenía amistades, no se entretenía con nada y, por las tardes, empezó a empinar discretamente el codo.


II

El atronador timbre del teléfono rompió la calma casi sepulcral del invernadero, en el que por fin había conseguido que reinara una temperatura agradable gracias a la cochina estufa bávara, a la que solía llamar «el amigo Fritz». Caravaggio lanzó una maldición ante la insistencia de la llamada. No era habitual que sonara en domingo, ya que apenas tenían amistades y durante los fines de semana solían presentarse pocos casos que reclamasen la intervención del cuerpo especial de Policía que él dirigía.

El comisario jefe se incorporó con mayor agilidad de la que, por peso, edad y constitución, podía suponérsele y se dirigió al teléfono, que seguía repiqueteando estruendosamente en el recibidor, sobre una mesita camilla vestida con faldones rameados.

-Caravaggio al habla.

-¿Señor?

La voz insegura y algo gangosa del subinspector McCormick le llegó confusa desde el otro lado del hilo.

-¿No estará usted otra vez mascando chicle en horas de servicio, verdad?

-¡Por supuesto que no, señor! –se defendió el aludido en tono escandalizado.

A continuación su voz le llegó sospechosamente más clara, por lo que supuso que se habría deshecho del chicle. Caravaggio rezó por que no se le hubiera ocurrido escupirlo en mitad del escenario de un crimen.

-¿Desde dónde me llama?

-Desde una propiedad campestre llamada Herford –contestó McCormick, explicándole dónde se encontraba-. ¡Tiene usted que venir, señor! Un supuesto fotógrafo ha intentado atentar contra Ginzburg, el candidato conservador, con una escopeta de postas.

-¿Ha logrado herirle…? –se interesó Caravaggio.

-No, señor. Alguien le pegó un tiro al fotógrafo justo antes de que lo hiciera.

-Lástima -farfulló el comisario-, ese hombre es peligroso.

-Pero, ¡si está muerto, señor!

-No me refería al fotógrafo.

Le gustaba McCormick porque no solía reaccionar ante sus provocaciones. Era un buen hombre y un buen policía, pero en aquellos instantes su angustia era casi palpable. Aquel asunto era demasiado grande para él; el comisario sintió que debía acudir al rescate.

-No se preocupe, voy para allá –siseó lanzando una torva mirada a las escaleras que llevaban al primer piso, en el que dormitaba su mujer-. Encárguese de que nadie toque nada hasta que yo llegue. ¿Ha avisado al forense?

-Sí, señor. Ya está de camino.

-¿Hay mucha gente implicada?

-Unas treinta personas. Y la mitad tienen título nobiliario. Parece ser que estaban celebrando una especie de una cacería.

-Entonces llame también a Cavendish para que nos eche una mano. Seguro que estará encantado de participar en algo así.

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