El jardín de las delicias

El té se derramó (I)

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El comisario Giuseppe Caravaggio contempló la ostentosa estufa de cerámica nívea que presidía el invernadero de su casa y se sonrió. Aunque jamás sería lo bastante hábil para prender un buen fuego en aquel artefacto demoníaco, del que se había encaprichado por catálogo y que tantas discusiones con su deprimida esposa le había ocasionado, había de reconocer que todavía le proporcionaba innumerables ratos de diversión. Quizá aquella estufa enorme, panzuda y profusamente decorada con edelweiss en relieve casara con el salón de baile de algún absurdo palacete bávaro, pero en mitad del invernadero de su casa parecía una tetera descomunal. Sentado frente a ella, se sentía como un Sombrerero Loco reducido por los jíbaros, lo cual era sin duda mucho más emocionante que alimentar la reconfortante vulgaridad de una estufa de hierro fundido. El comisario sacudió la cabeza y se volvió en busca de nuevas distracciones.

La vegetación del invernadero podía considerarse otro de sus fracasos domésticos, pues tampoco tenía constancia suficiente para regar las plantas con la frecuencia adecuada. La mitad de las que adquirió al construir el invernado habían perecido de inanición y el resto parecía a punto de hacerlo. Caravaggio suspiró: al menos allí se estaba calentito y a resguardo de la humedad, a pesar de su escaso dominio de la estufa. Además, gracias a ésta podía hacer desaparecer cualquier vestigio de sus actividades al oír que se acercaba su mujer. Sabina detestaba que se ensimismara en el periódico, que comentara en voz alta las noticias políticas, que se riera con las tiras cómicas, que completara los crucigramas, que señalara los programas televisivos que tenía intención de ver y de los que luego nunca se acordaba. No soportaba que leyera novelas policíacas –que le producían interminables ataques de hilaridad-, ni que fantaseara hojeando revistas sobre la vida campestre, ni que pintarrajeara acuarelas de perros y ganado, ni que cotilleara con sus ancianas vecinas por encima de la tapia del jardín... Pero, por encima de cualquier otra inofensiva afición suya, su mujer odiaba que siguiera cavilando en sus pesquisas una vez acostados, lo cual no era difícil de adivinar, dada su inveterada costumbre de hablar en sueños. Sabina era celosa por naturaleza. Odiaba la vida y, a veces, parecía odiarle también a él.

Cuando la conoció, era una joven y alegre camarera que se hacía llamar «Ginger Ale» por algún motivo que nunca supo y que, en el mejor de los casos, podría estar relacionado con su color de pelo, de un rubio tostado muy peculiar que cuadraba a las mil maravillas con su carácter efervescente. Trabajaba poniendo copas en un pub cercano a la academia de policía y todos los inspectorcillos en ciernes se disputaban sus generosos favores. La mayoría eran más altos, más rubios, más apuestos, de mejor familia y habían frecuentado mejores colegios que el joven Caravaggio, que era huérfano y tan sólo contaba a su favor con un par de brillantes, expresivos y aterciopelados ojos negros como cuentas de ébano que tenían el poder de fijarse en su interlocutor hasta arrancarle su confesión a cualquier delito. Giuseppe vivía en una cochambrosa pensión del barrio de la que emergía cada mañana tan limpio, perfumado y recién afeitado como si residiera en el más lujoso de los hoteles. Sus compañeros confiaban en él y solían incluirlo en sus planes, aunque apenas bebía y solía acostarse temprano. Nadie le había oído quejarse jamás, por ingratas que fueran las tareas que efectuaban en la Academia, ni manifestar ningún indicio de pereza. De hecho, a pesar de ser la viva encarnación de la intuición policial, procuraba no destacar para no dejar en mal lugar al resto de aspirantes.

Cuando Sabina lo escogió, se encontraba en un apuro. Su último amante, que ocupaba un escalafón elevado dentro de la comisaría, la había dejado embarazada, pero se negaba a divorciarse de su mujer poniendo como excusa sus acendradas convicciones religiosas que, sin embargo, no le habían impedido acostarse repetidamente con Ginger Ale a espaldas de ésta. La cruda verdad es que no la quería.

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