Sanitja, un valor único

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Nunca vista

Ciertos valores que rigen nuestras vidas son intangibles. Pueden tener repercusiones de gran calado y sin embargo ser difíciles de racionalizar. Eso ocurre por ejemplo con la atracción turística. Aquí todo el mundo vive del turismo, pero apenas se ha estudiado la filosofía profunda que mueve a la gente que se desplaza, busca lugares emblemáticos, persigue la felicidad metafórica del paisaje. Frecuentemente, se da incluso la paradoja de que en aras de la explotación turística se destruya la raíz misma de ese atractivo.

Como persona que ha vivido en las cuatro islas, podría hacer una breve relación de paisajes únicos. Irremplazables, llenos de energía y de significación psíquica. En Formentera, los acantilados de la Mola. En Eivissa, la montaña marina de es Vedrà. En Mallorca, las ruinas magníficas de Son Real, en la bahía de Alcúdia. Y en Menorca, Sanitja y Cavalleria.

Esos lugares contienen una cantidad importante de valores trascendentales. Porque canalizan contenidos emocionales que te hacen sentirte en armonía con el paisaje, identificarte con los elementos naturales, hallar el equilibrio, incluso profundizar en tus sueños e imaginaciones. Por eso acudes a su llamado, porque hay algo de ti en ellos.

Resulta trágico que, a menudo, quienes gestionan la ordenación territorial y el desarrollo urbanístico ignoren olímpicamente ese principio básico de la psicología del paisaje. Como máximo, se suelen lamentar las equivocaciones de otras épocas. Pero raramente se prevén las que se avecinan.

El cierre del Ecomuseu de Cavalleria es una triste noticia. No sólo por el valor historiográfico y expositivo de estas instalaciones, pioneras en una manera de divulgar la historia en todas las Islas. Sino sobre todo porque supone romper el vínculo imprescindible entre el paisaje de Sanitja y la expresión de su valor etnológico, arqueológico, histórico y emocional. El Ecomuseu explicaba la esencia de un lugar único en todas las Baleares. Era como el vértice de todo un sistema en el fondo frágil y muy expuesto a cualquier cambio.

Sanitja contiene elementos de primer orden: los restos del campamento romano, de un asentamiento posterior, indicios de estructuras portuarias, necrópolis, la mezquita rural islámica, los hallazgos submarinos, la torre de defensa del XVIII, las Casas de Santa Teresa con el imaginario popular que recogió magistralmente el doctor Francesc Camps. Pero además, cualquier detalle de ese conjunto tiene una significación excepcional al ser visto en su conjunto: los malecones de madera para amarrar las barcas, la caseta del Guarda, el pequeño puente, las paredes de piedra, las abandonadas construcciones militares, el faro...

En muchos lugares del mundo suspirarían por tener tal patrimonio vivo, en un estado de conservación envidiable, alentado por el suspiro inmenso del cielo, el Illot des Porros, el mar bravo de Tramuntana, las colinas y los pequeños cantiles.

Preservar ese ecosistema no sólo natural sino espiritual debería ser una obligación para los ciudadanos de nuestros días. Para transmitir esos valores al futuro tal como han permanecido durante centurias. Cualquier iniciativa que pueda mermar esos valores, sobre todo después del cierre del Ecomuseu que los formulaba, pondría en peligro una herencia de siglos.

Cuando se trata de lugares tan singulares, únicos y valiosos, toda prudencia es poca.

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